Deconstruyendo al Chori

Sobre la franja derecha de la Quinta Avenida en la Playa de Marianao –viniendo desde el centro de La Habana- pesa desde hace décadas una maldición que presiento será eterna. Los que lo vivieron cuentan que de aquel aire de guaracha perenne con olor a fritanga y aguardiente, ya no queda nada.  La grisura se ha apoderado irremisiblemente de la Playa de Marianao.  Ya no estará más El Chori.

La firma autógrafa del Chori.

“Chori. Vida, pasión y muerte del más celebre timbalero cubano”[1], que deberemos siempre agradecer al inmenso Leonardo Padura, fue, quizás el aguijón que espoleó mi interés por este personaje,  aunque me temo que la gran mayoría de los que se sienten seducidos por las historias que sobre él se cuentan –tengan sólo una referencia tangencial, cercana a la tradición oral,  y nunca le hayan escuchado ni visto en acción, o quizás, ni siquiera un foto.

Al principio, lo único que sabía era que alguien con una inacabable tiza en mano tapizaba las paredes de la capital con una caligrafía sorprendente, impecable, mostrando su peculiar apelativo. Ahora no tengo dudas: como lo calificara el cronista y crítico Orlando Quiroga, El Chori fue, además, un precursor del automarketing. Casi todo lo que tenemos del Chori es lo que nuestra imaginación ha prefigurado a partir de una escasa información escrita y de referencias orales que nos han llegado, casi siempre como anticipo del  mito. Relatos varios, como éste, nos lo describen así:

“El excéntrico Chori, de atuendo estrafalario, pañuelo colorado y cruz al cuello, montaba un show escalofriante con música sacada de botellas llenas de agua y sartenes y gritos selváticos (…)

El rumbero se volvía rugiente león, tigre malabarista, leopardo escurridizo, creando con tambores y gritos una ilusión de jungla misteriosa, en medio de la escenografía bantú o carabalí, de güira y guano.” [2]

Silvano Shueg Hechavarria / Chori

Hoy sabemos que era algo más que un excéntrico: era un percusionista con un sentido nato del ritmo e ingenio musical.

En la libreta que mostró al periodista Fernando G. Campoamor un día de 1966,  Silvano Shueg Hechavarría escribió de su propia mano y ortografía:

“Nací el 6 de enero de 1900 en buelto en un pellejito en la calle Trinidad 56 entre Reloj y Calvario. Soy de Santiago de Cuba. Mi mamá Eloysa Hechavarría. Mi padre hijo reconocido Silvan S. France (…) Mi aguela Severiana Hechavarria. Mi aguelo Agustin Lebeque (…) Mi hermana por parte de padre Carmita Shueg.”[3]

Ya Chinolope -que sirvió de introductor y de fotógrafo inestimable para aquella única entrevista-  lo sabía, pero ahora el mismísimo Chori se lo contaba a Campoamor, quien escribía:

“A los veinte años comenzó con canciones, como los prosistas comienzan con versos.  Y se apoderó del timbal como de un chivo.  Corona y Sindo Garay lo conocieron entonces en su tierra caliente.”[4]   

Llegó a La Habana en 1927, y sus primeros toques se escucharon en la academia de baile Marte y Belona, que se ubicaba en la confluencia de las calles Monte y Amistad, pero enseguida recaló en la Playa de Marianao, primero con Ernesto González en Los Tres Hermanos, donde dicen que “…debutó con un concierto de botellas llenas de agua que dejó perplejos a los parroquianos.”[5] Luego sería en La Choricera, El Pennsylvania, El Niche, El Paraíso, elRumba Palace,  La Taberna de Pedro… conviviendo con chinchales variados y dicen que hasta con exitosos burdeles de diverso género. En esos primeros años eran un amasijo de precarias construcciones de tablas de palma, maderas nada nobles, pisos de cemento pulido por los pies de los bailadores,  y techos de guano,  con olor a manteca refrita y sudor agridulce, que pronto comenzó a ser conocida por lo que sería después una denominación de origen: Las Fritas.

Desde sus inicios, la moral de una sociedad enferma estigmatizó al ala este de la Quinta Avenida, acusándola de lo mismo que seducía sin sosiego a los entes masculinos que la integraban.  Y así, con tales componentes aderezados con una música sublime que se hacía cada vez más popular –el son-  comenzó a dibujarse el mito y la historia de Las Fritas, La Playa de Marianao y, en el rol protagónico, su  santo y seña:  El Chori.

TRES POETAS

La referencia más antigua de El Chori que encuentro data de 1930 y  está relacionada con tres grandes nombres de la poesía universal;  que nos permite ubicarlo con un formato sonero en la Playa de Marianao ya en ese año.  

En los primeros meses de 1930, un joven poeta norteamericano Langston Hughes,  desembarcaría en La Habana, para encontrarse con su  amigo Nicolás  Guillén. Con evidentes similitudes respecto a la obra creativa  de su amigo cubano e idénticas motivaciones y orígenes raciales, pasó días fructíferos y felices en la capital.  “En Cuba se aplatanó enseguida –escribiría Nicolás Guillén-, y fuimos compañeros de algunas inocentes juergas nocturnas. Desde los primeros momentos simpatizó con los pequeños cabarets de los alrededores  de la playa de Marianao, llamados Las Fritas. En uno de ellos oficiaba un cantante negro muy simpático, llamado “El Chori”, que hasta hace poco tiempo encontrábamos en La Habana, escribiendo su nombre en los lugares públicos; sólo ponía Chori, como queriendo recordar que su fin estaba próximo, o por lo menos no tan lejano como él quisiera.  Langston se entusiasmaba con un espectáculo montado por El Chori, y el cual consistía en una especie de caricatura de un juzgado correccional; allí El Chori, que fungía como juez, celebraba un juicio cada noche con las más diversas infracciones, faltas y hasta delitos, y era interesante darse cuenta de que todo aquel aparato tan ingenuo, tan gracioso, estaba alimentado por un son, cuyo estribillo era:

Se acabó la choricera
Bongó camará.
Un chorizo sólo queda
Bongó camará.

“Recuerdo que una noche, estando con Hughes, me pidió que le prestara cinco pesos.  Aunque me sorprendió la petición, le di el dinero, que era lo único que yo tenía encima.  Langston tomó el billete y se lo pasó al Chori, con lo cual nos quedamos los dos sin un centavo.[6]   Es muy relevante que sea, precisamente nuestro Poeta Nacional, quien aporte la constatación fehaciente,  en calidad de fuente primaria, de la presencia del Chori en Las Fritas de la Playa de Marianao tan temprano como en los primeros meses de 1930 y del tipo de espectáculo que presentaba entonces, con elementos dramáticos de sainete cómico, además de la música.

Era viernes aquel 7 de marzo de aquel año y arribaba al puerto habanero, precedido ya de reconocimiento,  un joven poeta y dramaturgo español que respondía al nombre de Federico García Lorca y que sería recibido por lo más granado de la intelectualidad citadina con todos los mimos y honores pertinentes, pero también por una Habana otra, que le abrió sus brazos para propiciarle, en ambientes de una seductora marginalidad,  el descubrimiento de un disfrute hasta entonces desconocido.  El son no había penetrado aún los espacios musicales en Estados Unidos, si bien había sido apreciado por ejecutivos de casas discográficas, como la Víctor, que se apresuraron a realizar los primeros registros sonoros, llevando a músicos cubanos, a grabar en sus estudios de Nueva York y haciendo lo mismo en La Habana, incluso con equipos portables de cierta rusticidad.  Justo por esos meses en que Antonio Machín con la orquesta de Don Azpiazu asombra a  la Gran Manzana con su versión de El Manisero, de Moisés Simons, y comenzaría la cuban fever de esa década  en tierras norteñas. Mucho menos conocido, era el son en España,  aunque ya se hacía fuerte en  ciertos espacios nocturnos que luego serían icónicos en París. Pero Lorca lo descubre, al parecer, al pisar tierra habanera. Es el musicólogo y crítico Adolfo Salazar, amigo del poeta  y compañero de sus aventuras habaneras en aquella visita, quien narra ocho años después, el encuentro de Lorca con el son y la Playa de Marianao:

“Se había hecho amigo de los morenos de los sextetos y no había noche que la excursión no terminase en las “fritas” de Marianao.  Primero escuchaba muy seriamente.  Luego, con mucha timidez, rogaba a los soneros que tocasen éste o aquel son. Enseguida probaba las claves, y como había cogido el ritmo y no lo hacía mal, los morenos reían complacidos haciéndole grandes cumplimientos.  Esto le encantaba: un momento después, Federico acompañaba a plena voz y quería ser él quien cantase las coplas”. [7]

El investigador matancero Urbano Martínez Salazar, refiriéndose al encuentro de Lorca con el son, comentaba:

“Esa música estaba –y entraba- por todas partes, desde los solares arrabaleros hasta los bares y cafetines modestos, donde trasnochaban intelectuales, marineros y gente humilde del pueblo.  Sin embargo, su principal centro difusor se localizaba en las famosas “fritas”, conjunto de humildes y sencillos cabareses en los cuales el frescor de la nocturnidad se combinaba con la incitación de los juegos, los bailes y las variadas comidas. (…) Los sones escenificados de El Chori –dueño de uno de los establecimientos montados allí- atrajeron público en demasía y fueron espectáculo sensacional y único durante varias décadas.[8]  

Basándose también en testimonios de fuentes primarias,  el escritor y editor Pío E. Serrano escribiría  en su ensayo“Lorca en Cuba”“Si en la zona portuaria Lorca descubrió la fuerza raigal y el encanto rítmico de la música popular cubana —entonces recién llegado a La Habana el son de Santiago de Cuba— fue en los bares marginados de la playa de Marianao donde Federico fue recibido como uno más entre los soneros negros y mulatos, sorprendidos por la gracia y la espontaneidad de aquel blanquito «gallego» que, primero los escuchaba con seriedad y atención para, a continuación, tomar el ritmo con las claves y hacer coro con los enardecidos intérpretes, ebrios de ritmo y de ron. Sin duda, entre aquellos bares modestísimos y populares, donde mejor se sintió Federico fue en el bar del Chori —Silvano Shueg Hechevarría (…)—, aquel mestizo enorme, santiaguero, de labios protuberantes y expresión inmutable, con un pañuelo rojo atado al cuello, poseedor de un inexplicable talento musical, capaz de extraer sorprendentes armonías de timbales, botellas, sartenes y bocinas (…) La autenticidad del espectáculo debió de estremecer a Federico.”[9] 

Nicolás Guillén afirmaba según la investigadora española Carmen Alemany: «(A Lorca) le gustaba irse en las noches a las “fritas”, a los cafetines de Marianao, donde ya está el Chori, y allí se hizo amigo de treseros y bongoseros»[10]. Alemany, refiriéndose a Lorca, concede relevancia aún mayor al encontronazo con el son y esa inusitada preferencia del poeta andaluz:  “(…)creemos que su contacto con los soneros o con los reyes de la rumba en las playas de Marianao y en los barrios populares de La Habana, como Jesús María, Paula o San Isidro, le ayudaron a completar su “teoría del duende”, como también le ayudaron los músicos negros del barrio de Harlem [en Nueva York] con el jazz.”[11]

Sin duda, la impronta del timbalero de Santiago de Cuba y su hábitat en la Playa de Marianao, que disfruto junto a sus cicerones noctámbulos -que Pio Serrano identifica en el poeta guatemalteco Luis Cardoza y Aragón, el propio Salazar y el pintor Gabriel García Maroto-, quedo grabada en días de calor y euforia de un son que para Federico debió haberle bastado de pretexto salvador para dejarle anclado en tierra y  no zarpar hacia la muerte.

LA VISITA DE UN GRAN MUSICO

Dos años después, en febrero de 1932 el célebre compositor norteamericano George Gershwin llegó a La Habana con un grupo de amigos. Se hospedaron en el hotel Almendares y según contó después, “disfrutó el ocio, tomó el sol y también trasnochó”.  Ya entonces tenía un vivo interés en la música cubana: al decir de su biógrafo Howard Pollack, citando al Havana Post –diario capitalino editado en inglés-,  éste fue el motivo primordial de su periplo: “El llamado sensual de las sirenas de la música cubana con sus viejos ritmos y seductoras melodías, ha conquistado a George Gershwin… y lo han llevado a La Habana en busca de nueva inspiración”[12].

Según asegura el músico y compositor cubano Bobby Collazo, el famoso compositor “…se sintió tan atraído por la vida musical capitalina que visitó desde el Summer Casino hasta La Choricera, de la que se hizo asiduo en breves días. Eran los años del son y en los cafetines de la Playa de Marianao lo hacían sonar de lo lindo, y se hablaba ya de la locura que era El Chori ante los timbales.”[13] 

Es muy probable que Collazo haya estado en lo cierto, a juzgar por la confesión que hace el célebre músico norteamericano en carta  a su amigo el financista George Pallay –citada por Pollack- sobre sus vacaciones en Cuba aquel año:   “Pasé dos semanas histéricas en La Habana, en las que, insomne, apenas dormí, pero la cantidad y calidad de la diversión que experimenté lo valían… Cuba resultó de lo más interesante para mí, especialmente por sus pequeñas orquestas de baile, que tocan los más intrincados ritmos de la manera más natural.  Espero volver cada invierno, si esto es posible, pues justo ese clima cálido debe ser lo que necesita mi sistema para relajarse”.[14]

Al mencionar a las “pequeñas orquestas de baile” se refería Gershwin a los sextetos de sones tan de moda entonces y obviamente, el sitio más popular para verles y escucharles, no eran las noches de gala del hotel Almendares, sino la Playa de Marianao. Estremecido aún por sus experiencias habaneras meses más tarde Gershwin compone su pieza sinfónica Cuban Overture, en la que incluye fragmentos de los famosos Echale Salsita (Ignacio Piñeiro) y El Manisero (Moisés Simons), cuyas versiones más impactantes, probablemente escucharía en la Playa de Marianao, incluso con El Chori.

UN TIMBAL MAYOR

Los músicos norteamericanos venían con frecuencia a La Habana, y los cabarets de primera habían comenzado a contratar a algunos famosos, aunque concedo la mayor importancia al encuentro del Chori, en febrero de 1957,  con un músico de fama mundial, con el que compartía el mismo instrumento y que, quizás como pocos, podía ponderar la real valía de Silvano Shueg como instrumentista: el famoso timbalero puertorriqueño Tito Puente,  voz autorizada como pocas, quien en el recuento de su vida no ocultó la fascinación que le produjo estar en presencia del mítico timbalero cubano, ni las reiteradas ocasiones en  que acudió a  verle.  Puente no  vaciló en calificarlo como “lo nunca visto, lo mejor”.  En varios libros, Tito Puente y sus biógrafos hacen referencia al Chori, y en uno en particular, el propio músico dedica amplio espacio a narrar sus cuatro visitas a la Playa de Marianao para presenciar el show del Chori:

“Como es natural, yo estaba interesado en ver tocar a timbaleros cubanos.  Es gracioso, pero en Cuba, los timbaleros no hacen solos en los números musicales, éstos están reservados únicamente a los que tocan las tumbadoras y el bongó”.  Pero yo había oído hablar de aquel tipo, uno que le decían El Chori. Me habían dicho que era el mejor timbalero de Cuba”, contó Puente a la investigadora norteamericana Josephine Powell, cuando ésta lo entrevistó en 1998.[15]  Ya antes, en  1995, había narrado a la Powell:

“Solía ir a ver al Chori.  Me habían dicho que era el mejor timbalero de Cuba.  Miguelito [Valdés] me llevó la primera vez.  Fuimos a “La Playa”, le llamaban Coney Island.  Todos los turistas iban allá.  La segunda vez fui con Luis Yáñez, el compositor cubano que era vicepresidente de la unión de compositores. La tercera vez fui a ver al Chori con Walfredo (de los Reyes). Quien al respecto comenta: “(…) era fenomenal, a veces, en el ritmo, no repartía, solamente marcaba el ritmo de la rumbera, y era simplemente perfecto, genial. Tito Puente me decía: “!Oye eso!”, era una sola nota, pero la ponía donde era, ahí está la belleza de lo cubano, en la perfección de la clave y el tiempo, en ese oficio que es aprendido y casi nato”.

Y volví, la cuarta vez, con Marcelino, otro timbalero.[16] Conocía a Marcelino porque él había sido tamborero con Estela y René.  Nos conocimos en New York.  Marcelino tocaba también en La Playa.  Fui cuatro veces. La primera vez, cuando me llevó Miguelito, estuvimos en una especie de balcón y él [Chori] estaba borracho y me hizo una mueca cuando Miguelito me presentó.  Quise agarrarlo, pero ellos me pararon.  Tiempo después, cuando volví con Marcelino, El Chori estuvo genial esa noche: nunca vi nada igual.  Ellos [los cubanos] tenían un montón de timbaleros y tocadores de tumbadoras, pero El Chori era el mejor. Le decían “El marca”, que quería decir que era él quien marcaba a la rumbera, para que los siguiera y a su alrededor todos se movían. Bam! Es lo que hacía la bailarina. Como hacía Estela, la reina (…).

Y continuaba Tito Puente: “Pero aquel club era muy pequeño, muy estrecho, del tamaño de la salita de una casa, pero allí iban todos.  Todos los bailarines, los músicos, los percusionistas, los turistas, los grandes bailarines y los grandes drummers!  El club estaba afuera y tenía pequeñas mesas con velas.  Era pequeño, y el piso tenía hoyos, pero cuando el show comenzaba y el Chori empezaba a tocar, reinaba el silencio. Chori acompañaba a la rumbera, una gorda grande, y la seguía por completo.  Alguien me dijo que la rumbera era su mujer. “Entonces, vi aquella cruz que llevaba colgada al cuello aquel tipo grande, con una cadena de oro”, dijo Tito.  Le ofrecí un poco de dinero, pero dijo que no! Así que Marcelino le hizo una apuesta. Yo contra él. Se quitó el reloj grande y lo puso sobre la mesa. Marcelino dijo: “Deja que este muchacho se siente a tocar!  Me dijo que no! Pero él se quejó, se quitó el reloj. “Apuesto esto!”, dijo y me subió. Era  un trío, creo. Con una trompeta.  Tocaron para mí,  así que yo también tenía que hacer lo mío!, Marcelino había apostado  por mí, pero sólo fue un voto, porque no sólo me hizo la marca, sino que  también me hizo esos redobles… eso era algo diferente. Toqué  realmente bien, con mucha técnica. Y gané el reloj!!!” [17]     Tito Puente agrega: 

“Hicimos una apuesta sencilla: Chori tenía que darle  un número determinado de golpes al timbal y a una llanta de neumático que tenía, y Tito haría lo mismo según lo acordado. Entonces, si Chori perdía, perdería el reloj. Si, por otro lado, Chori era el que ganaba la apuesta, sería Tito quien perdería todo el dinero que tenía en el  bolsillo, y que ya para entonces lo había colocado sobre la mesa.

Tengo que decirte que aquel cubano  grande, sudoroso, negro, lo que hizo con los timbales fue algo endemoniado- dijo Tito. El número era muy largo.  Contuve la respiración todo el tiempo. Y cuando El Chori terminó, yo estaba absolutamente exhausto. Luego se sucedieron los turnos de cada uno para tocar, y un breve descanso cada vez.   Fue pura resistencia.  El Chori estaba empapado de sudor, y yo también.  Y cuando él golpeó todas esas botellas, aquello sonó como una verdadera  banda, como una orquesta.   Te digo, yo nunca vi nada igual en mi vida”  Y cerrando la anécdota con todas estas loas hacia El Chori, Tito Puente concluyó sorpresivamente:   Bueno, fui yo quien gané  la apuesta, y eso fue lo más destacado de mi viaje.[18]

El Chori, la rumbera y sus musicos en plena accion. 
Foto:  Revista Gente de la Semana, 24.12.1950)

Que un músico de su mismo instrumento, con una inmensa fama, reconociera en las postrimerías de su vida la importancia que tuvo para él la interacción con El Chori, sería más que suficiente para rechazar que se reduzca al mítico timbalero cubano a la figura de un mero excéntrico musical… y nada más. Puente sabía de lo que hablaba y de lo que se nutría.  Hoy, a más de sesenta años, valdría la pena preguntarse si la gestualidad que caracterizó el desempeño escénico posterior del gran Tito Puente –los malabares con las baquetas, la lengua afuera, los movimientos de los ojos, el histrionismo y algunos trucos-  no tuvo su génesis en aquella Playa de Marianao, donde un Chori ebrio, irreverente y genial, le dejó para siempre una huella didáctica e imborrable.

OTROS FAMOSOS LO VISITAN

La celebridades extranjeras  que  fueron a conocerle en plena acción desde la década de los años 30 del pasado siglo XX es quizás  lo más conocido de su historia y es, en esencia, la levadura que fue acrecentando la leyenda del Chori: Ava Gardner y Toña La Negra, María Félix y Agustín Lara, Gary Cooper, Lucho Gatica, Josephine Baker, Linda Darnell, Imperio Argentina, y hasta Tennessee Williams.

Todo parece indicar que  fue Cab Calloway el primer jazzman que actuó en La Habana. Vino contratado por el cabaret Montmartre en 1949  y se presentó también en teatros capitalinos.  Fue tal el éxito que regresó de nuevo al año siguiente pero esta vez firmado para Tropicana.  El bajista Sabino Peñalver tocó con el Chori, inicialmente, por los años 40, en El Ranchito y en otros sitios y  contó  a Leonardo Padura, que una vez apareció Cab Calloway y se sentó muy junto a la tarima donde tocaba el timbalero:

“… y estaba embobado con la música del Chori, que también tenía una voz tremenda. Y de pronto empieza Chori con sus monerías y le agarra con dos dedos así, como si fuera una tenaza, la nariz a Cab Calloway y seguía tocando con la otra mano, y Cab Calloway sin poder zafarse de los dedos del Chori.  Y bueno, pa’ que contarte, se acabó la amistad del Chori y Cab Calloway. Qué Choricera ese!”

Marlon Brando, de quien dicen que ya desde Nueva York, le gustaba tocar tumbadora, llegó a La Habana sólo por tres días  en marzo de 1956,  y si no hubiera sido por la deliciosa crónica escrita para la revista Carteles por G. Caín–“Marlon Brando, un amigo”- no nos habríamos enterado de mucho más, pues su visita.  Guillermo Cabrera Infante -semioculto tras aquel G.Caín con cierto sabor a malevolencia- en ua pieza periodística de memorable frescura, deja constancia, entre otras muchas impresiones y hechos casuales, reales y otros al parecer ficticios, del modo en que el afamado actor se enroló en una excursión a los bajos fondos de la Playa de Marianao para ver tocar al Chori. Dicen que eso fue en su segunda noche habanera, con su amigo Sungo Carreras, pelotero cubano de Grandes Ligas, como lugarteniente y cómplice.  Dicen que Brando cumplió su sueño de tocar con el Chori en La Choricera, ante el asombro receloso del cubano, que no veía en el actor alguien capaz de medirse con él.  Como la estrella era Brando, el final no podía ser otro: una salida estrepitosa y rápida, abandonando el lugar, presumiblemente al ser reconocido y sentir que el tibio escozor de la fama, a veces molesta.  Pero en todo caso, a la otra estrella, El Chori, Caín le hizo, quizás sin saberlo,  el gran favor de inmortalizarlo, con aquel escrito.  El Chori, como la gorda-mito Freddy, inmortalizada como “La Estrella” en las novelas de Cabrera Infante, sería también un alma viviente de la mitología citadina del escritor, que en su caso le hacía abandonar los sitios del Vedado omnipresente en su obra narrativa para regodearse en la decadente Playa de Marianao.    A él volvería años más tarde, una y otra vez, en páginas de memoria sobre una Habana que permanecía intacta en su recuerdo y que como nadie supo describir y universalizar.[19]  Un Brando ya en cuenta regresiva escribiría sus memorias “Las canciones que mi madre me cantó”donde dedica un espacio importante a su breve estancia en La Habana, en busca de unas tumbadoras, y las peripecias que incluyeron el encuentro con El Chori.

La concurrencia de directores, actores y técnicos cinematográficos extranjeros a la Playa de Marianao, motivó a su vez que un segmento del show del Chori fuese incluido en dos filmes extranjeros rodados en Cuba en la década del cincuenta.  En la primera mitad de 1954 se rueda en La Habana durante siete semanas el filme mexicano “Un extraño en la escalera”, del director argentino Tulio Demiceli, con Arturo de Córdova y Silvia Pinal en los roles principales.[20]  Filmada enteramente en locaciones habaneras, el encuentro con El Chori debió haber sido impactante para que el equipo de realización decidiera incluirlo como un momento musical en la cinta.

Aquí podrás ver al Chori en el filme “Un extrano en la escalera”:

  • Algo similar ocurrió al actor norteamericano Errol Flynn, cuando llegó a La Habana, en mayo de 1956 junto al equipo de realización del filme “The Big Boodle (La Pandilla del Soborno), también rodada íntegramente en locaciones habaneras, en el que Flynn asume uno de los papeles protagónicos junto a  Rossana Rory y Pedro Armendariz, dirigidos por Richard Wilson y con apariciones de Guillermo Alvarez Guedes, Aurora Pita, Velia Martínez y Carlos Mas.[21].
  • Aquí verás al Chori en “La pandilla del soborno” (The big boodle):

Quizás otros cineastas extranjeros de visita en Cuba, acudieron a ver al Chori, pero, al menos sabemos que el gran guionista italiano Cesare Zavattini, dejó constancia escrita de aquel encuentro. Lo trajo a La Habana la celebración en 1953 de la primera Semana de Cine Italiano en la capital, en pleno auge del neorrealismo, y a la que asistió en compañía de las actrices Mónica Belli y Silvana Mangano, entonces una rutilante estrella, adorada por los cubanos por el cuerpo exhibido en su filme “Arroz amargo”, al punto de inspirar a Pérez Prado un mambo homónimo, raro título para un tema musical:  su nombre y apellido; pero,  hay que decirlo,  tras la visita de la Mangano, los cubanos se sintieron decepcionados al ver la delgada figura de la actriz, muy distante de las curvas que le admiraron  en el filme. También les acompañaba en el viaje el entonces productor y esposo de la Mangano, Dino de Laurentis. La revista italiana Cinema Nuovo publicó un artículo de Zavattini con sus impresiones acerca de este viaje a la Isla, y que sería reproducido bajo el título de “Zabattini y Cuba” (sic) por la revista cubana Nuestro Tiempo, órgano de la sociedad homónima, a la que pertenecían algunos de los que recibieron a Zavattini en La Habana, entre ellos, Alfredo Guevara.  Además de sus impresiones sobre los encuentros con los jóvenes de la Sociedad Nuestro Tiempo, sobre la vida en la ciudad y sobre ella misma; su sensible reacción ante los grandes contrastes encontrados en la capital cubana y la constatación de la existencia de zonas de pobreza extrema, el cineasta italiano escribiría: “Dos cosas muy bellas en Cuba fueron los encuentros con Clelia Bellochio y con Panebianco.  Mi querida Clelia pinta retratos de cubanos y ahorra un poco de dinero como una hormiga para comprarse un hotelito en la isla de Giglio, y envejecer bien, y juntos fuimos al Chori, un negro que toca el jazz de una manera inspirada.”[22]   
Curiosa clasificación la que hace Zavattini del género o estilo del Chori, quien probablemente, a esas alturas ya improvisaba más allá del son, y muy cercano a la libertad que sólo podía ofrecer el jazz.  Ya para entonces, el lugar donde reinaba El Chori había perdido su razón social y comercial, y era conocido por el apelativo de su figura estrella, el mayor “gancho” que podía tener para atraer a la variada clientela.

Durante la década de los 50, ciertamente no amainó la peregrinación de famosos a la Playa de Marianao en busca del Chori. Tampoco de escritores, poetas, periodistas… Guillermo Cabrera Infante regresaría al Chori más de una vez, ahora sin su amigo Brando, y me atrevería a asegurar que como ningún otro narrador y novelista dotó a Silvano Shueg Hechavarría de un lugar singular, como personaje de persistente presencia,  en sus cuentos y novelas y  en la narrativa cubana.  Este aspecto de la obra de Cabrera Infante y de la asimilación reiterada del impacto citadino de la historia del Chori,  merecen una aproximación más detallada y profunda.    Baste por ahora sólo una muestra: sería “Caín” quien iría  con otro amigo, Tomás Gutiérrez Alea “Titón”, a ver el espectáculo del genial timbalero, y de ello, y de la similitud por los apodos en la que reparaba el cronista, quedaría constancia en su novela La Habana para un infante difunto”:“(…) De allí transporté a Titón en la alfombra mecánica de una guagua al barrio de San Isidro, a la misma calle San Isidro (que debía serme familiar por razones que olvido), a mostrarle una casa de dos pisos donde había un letrero grande que anunciaba:  “Academia de Rumba.”  Titón admitió ignorar hasta ese momento que la rumba se podía enseñar como una asignatura. Pero le dije, ¿no se enseña el ballet, esa rumba conpas en vez de pasillos, tiesa, que sustituye la gracia por la gravedad? Además, agregué, hay varias asignaturas en el curriculum: Rumba Columbia, de ritual para iniciados, Rumba Abierta (para toda la compañía) y Rumba de Salón. Pero no pude por menos imaginar qué diría Platón de esa akademia de rhumba, helenizado el nombre para que lo comprendiera mejor la sombra del filósofo de anchas espaldas que tenía en común con muchos músicos negros habaneros el ser conocido por su apodo:  Chori, Chano Pozo.”[23]

De aquí, probablemente, surgiría la motivación para que Titón insertara imágenes del Chori en una de las ediciones de“Cine Revista” que dirigió en 1957, aunque por alguna razón decidió no conservar el sonido original, sino sonorizarlo con una versión ajena de Son de la Loma, según nos explicó el experto José Galiño Martínez.

Antes, en “Tres Tristes Tigres”, Cabrera Infante señalaba al Chori, como uno de los sitios de frecuente concurrencia con sus amigas y amigos, además de categorizarlo, como lo consideraba:

“(…)¿A dónde llevarla? Eran más de las tres. Estaban abiertos muchos sitios, ¿cuál era el apropiado para esta niña rica? ¿Uno miserable, pero sofisticado como El Chori?(…)”[24]

 A pesar del tiempo, desde 1930 El Chori se había mantenido como un fenómeno perdurable de interés constante enLa Choricera, Los Tres Hermanos, El Niche, La Taberna de Pedro… La Playa de Marianao, con toda la retahíla de antros y espacios de nombres imposibles seguía siendo un lugar imprescindible para tomarle el pulso a la música cubana más popular, más auténtica.  No pocos músicos  que luego serían trascendentes, empezaron o pasaron por esos sitios.

UN RIVAL  PARA EL CHORI

La asiduidad de músicos cubanos y extranjeros a la cueva del Chori constataba su proverbial genialidad percusiva y escénica.  No hacía falta que los principales diarios de la época insertaran anuncios ni crónicas:  Radio Bemba –así llamamos por acá al pase de la noticia de boca en boca- se encargó, antes de que él mismo lo hiciera de puño y letra, de amasar con cariño y elogiosa complacencia el mito del Chori.

La leyenda se nutrió también del reto perenne que envolvía al Chori con otro buen timbalero: Marcelino Teherán, dueño también de su pedacito de fama en otro precario espacio de la Playa de Marianao.  Poco se sabe de Teherán, salvo tres datos brumosos: vivió un tiempo en Nueva York, fue tamborero de Estela y tocó con relativo éxito en elCotton Club, en la época de Duke Ellington y Cab Calloway.  Era punto fijo también de la Playa de Marianao y con historia contada suficientemente atrayente como para ser él mismo otro mito, pero a quien, al parecer, la gracia y el talento no le alcanzaron para tan siquiera igualarse o vencer la fama del Chori. La contienda se hizo permanente y duró hasta que en los sesenta aquellas dos manzanas de la Playa de Marianao pasaran a otra vida, y de ella dio fe Orlando Quiroga, al contar sobre el show del Chori en La Taberna de Pedro en 1961:

“… al lado, también el tam-tam frenético del caballeroso Teherán –su apellido, en realidad, es Terán- que brilló en Broadway en la época de Cab Calloway, cuando comenzaba a perfilarse el milagro de Ella Fitzgerald.  Teherán, hoy, toca ante un público de gente elegante y gente sencilla en su primario “Niche Club”, sosteniendo la eterna, eterna guerra con El Chori, por el cetro del mejor timbalero de Cuba.”[27]

MAS ALLA DEL MERIDIANO

Comenzaba 1959 y el primer día de enero al  Chori le amaneció  en su cueva playera,  lo mismo que a su rival Teherán.  Allí estuvieron sin que nadie los perturbara demasiado durante los primeros años de la década de los sesenta. Incluso en 1960, una de las primeras ediciones del Noticiero ICAIC Latinoamericano, dirigido por el gran documentalista Santiago Alvarez, le dedicó un reportaje de dos minutos aproximadamente, al timbalero mayor. Sin embargo, la historia de aquellos cabarets de mala muerte  tenía ya fecha de caducidad.  En julio de 1963 se inició y concluyó lo que se dio en llamar el plan de saneamiento de la Playa de Marianao, emprendido con prisa, pero sin pausa por el entonces Instituto Nacional de la Industria Turística (INIT), con lo cual desaparecieron los famosos El NicheLa Taberna de Pedro y otros antros memorables en aquella zona de la diversión y la gozadera,  junto a otros menos tolerables donde por décadas coexistieron en buena vecindad, músicos, bailarinas, vividores, friteros, proxenetas, traficantes, turistas y escritores, periodistas, poetas y pintores, y los más disímiles especímenes que esperaban que avanzara la noche sobre aquella zona agreste y sórdida anexa a la lujosa Quinta Avenida, para ser ellos mismos. Como era previsible, los medios de prensa respaldaron tal iniciativa sustentada por el poder: la revista Cinema anunciaba lapidaria:

El Niche y La Taberna de Pedro quedaron en la página dos: no reunían las apropiadas condiciones para ofrecer espectáculos decorosos. El Pennsylvania sigue viento en popa, ahora bajo administración del INIT.”[28]

Resultaba paradójico, porque justo una de las zonas más endemoniadamente turísticas de La Habana, hasta los inicios de la década de los sesenta, fue la Playa de Marianao con el Chori como portaestandarte.  Como inexplicable contradiccion,  al establishment burgués siempre le convino no tomar en serio a Silvano Shueg Hechevarría, era mucho mejor que fuese sólo El Chori,  un showman a quien más valía tener por payaso que encomiar sus dotes musicales,  encerrado en un bar marginal  y sin perspectivas de dar el gran salto que le valiera ser reconocido no como un “excéntrico musical” –título con un tufo demasiado evidente a subestimación-, sino como el gran percusionista que fue, desde el empirismo más visceral;  pero la nueva clase en el poder tampoco aceptaba al Chori, no lo tomó en serio, se avergonzaba de personajes como él  y de entornos como la Playa de Marianao, y preferiría optar por la táctica de tierra arrasada: tampoco el triunfo revolucionario le permitió disfrutar del reconocimiento al que era ya merecedor el gran rey del timbal, no desde una perspectiva de atracción turística, sino desde la constatación de su genialidad como músico y figura singular del espectáculo.

La mutilación de la Playa de Marianao ocurría a poco menos de dos años de aquellos intensos debates y el cisma que, entre la intelectualidad y sobre todo, entre los cineastas, motivó  el  documental PM (Pasado Meridiano) de los realizadores Orlando Jiménez Leal y Sabá Cabrera Infante. Para cualquier habanero,  un día cualquiera de trabajo, estudio, entrega a la construcción y defensa de la nueva vida que comenzaba,  podía terminar, para “despejar”,   en los bares del puerto o de la Playa de Marianao.  Eso fue lo que trataron de mostrar, en la línea del free cinema, los realizadores del controversial cortometraje.  Pero la lectura fue otra y la historia, ya la sabemos.

Estos –el fin de la Playa de Marianao y el documental- serían hechos inconexos si la figura del Chori no hubiese permeado a PM de la fuerza telúrica de su genio y sus timbales, como expresión de un mundo músico-visual que sugería, y lo que fue peor entonces, representaba:  un patrón de disfrute en exceso lúdico y banal para un país que virtualmente estaba en pie de guerra, inaceptable según el pensamiento de quienes decidieron el destino de aquel cortometraje, que ya no sería visto en las pantallas de nuestros cines. Muchos años tuvieron que pasar para que yo pudiera saber qué cosa fue PM, y, decantado por la inexorabilidad del tiempo, sentir al verlo que no comprendía por qué nunca pude, hasta ese día, ver al Chori, baquetas en ristre,  en 35 mm.   La presencia del Chori en PM no era gratuita: su imagen, el sonido de los múltiples artefactos que completaban cada vez de un modo diferente sus mágicos timbales, estaba enraizada no sólo en la perspectiva de realidad y gozadera de la noche habanera menos circunspecta –con relajo incluído-, sino también en el imaginario de intelectuales y artistas del más diverso signo de notabilidad,   que siguieron desde 1930 la ruta hacia la Playa de Marianao, frecuentando desenfadados aquella zona, pero sobre todo, yendo a ver al Chori y legando después, desde diferentes ópticas y  modos de expresión, el testimonio de aquella peculiar manera de aprehender la diversidad noctámbula en La Habana, y sobre todo, su relación de elogio  y cercanía  con ese músico inverosímil y auténtico.

El Chori en el documental “P.M.”:

Acerca del affaire PM, Alfredo Guevara reconocería años después: “No soy ajeno al mundo que recoge PM. Titón, Guillermo Cabrera Infante y yo, con Olga Andreu y alguna que otra vez con Villo Olivares estuvimos en El Chori, un cabaretucho de la playa que impregna con su experiencia el hilo conductor del documental; los bajos fondos, la embriaguez (y la mariguana), la música quejumbrosa que acompaña al alcohol y el abandono de sí mismo.” [29]

En su novela Calembour (1988) el escritor cubano César Leante, transfiere a la literatura lo que pudo ser la línea argumental de PM, narrada de modo resumido a través de uno de los personajes y donde es inevitable referirse al Chori: “(…)un individuo vive en Regla y viene a divertirse a La Habana un sábado por la noche. Se toma una cerveza o un ron en algún bar de la Avenida del Puerto, se da una vuelta por el Prado y luego coge una guagua para venir a la playa de Marianao. Aquí se mete en el Coney Island, se pone a ver bailar junto a las parejas de Mi Bohío, juega al tiro al blanco y por fin viene aquí, al Chori, donde pasa el resto de la noche. Esta sería la secuencia más larga y la aprovecharía para filmar al Chori: tocando sus botellas, sus sartenes, sacando la lengua y tirándole trompetillas al público, en fin, trataría de captar todo el ambiente que hay aquí. La película terminaría con el individuo regresando a Regla en la lancha que se aleja por la bahía ya casi amaneciendo”.[30]

La narrativa cubana continuó siendo, en alguna medida, deudora del Chori, a la hora de representar el imaginario de la diversión y la originalidad musical más raigal, a través del que se expresaban ciertos sectores sociales, incluso alejados del mundo marginal.  A casi cinco años de su  muerte, el inefable timbalero vuelve a aparecer en la novelística cubana, mencionado por Alejo Carpentier en la novela “La consagración de la primavera” (1979): “Pasaban los días en esta busca de mis raíces –harto olvidadas durante años- y siempre aplazaba la fecha de la inevitable visita a la Condesa, con la cual tenía que tratar, por lo demás, de cuestiones tocantes a mi economía. “Mañana”. Siempre lo dejaba para mañana. Pero un día en que había dormido hasta más allá de la hora habitual, por haberme trasnochado en la Playa de Marianao, oyendo con Vera –entusiasmada por la novedad- la orquesta de “Chori”, fui devuelto al ineludible presente por una voz imperiosa que me alcanzaba tras de reiterados timbrazos telefónicos (…)”[31]

Imagen del Chori a inicios de los 60,  Foto: Archivo Bohemia.

El Chori se convirtió, para ciertos segmentos de esa narrativa, en un paradigma del divertimento, una especie de fenómeno sociológico portador de la identidad de una zona citadina, de un comportamiento.  No pocos escritores a partir de la década de los sesenta decidieron tener al Chori en las páginas de sus cuentos y novelas: baste citar como muestra a Miguel Mejides (“Las ciudades imperiales”); Antonio Benítez Rojo ( “El escudo de hojas secas”, “A la gente le gusta el azul”); Abilio Estévez (“Tuyo es el reino”)

Tengo la impresión, no la certeza -y aquí invito al debate esclarecedor- de que el graffiti autógrafo del Chori, cuyo lema era “el artista que se anuncia solo” se hizo obsesión multiplicadora en el célebre personaje a partir del momento en que hicieron desaparecer,  lo que para él era su medio natural:  los bares y cabarets calificados “de mala muerte”de la Playa de Marianao, esa zona enraizada para siempre en la historia musical y antropológica, en la fisonomía misma de La Habana del siglo XX.

No olvidemos, sin embargo, algo esencial:  ni siquiera pudo con El Chori, la contienda sempiterna que le planteaba su eterno rival Marcelino Teherán.  Tampoco pudieron sacarlo de allí los ofrecimientos tentadores que, según reza la leyenda, le hizo Marlon Brando para que viajara al Norte en pos del vellocino de oro.  Muchos menos, según dicen, los ruegos y bondades de su amigo Miguelito Valdés para que dejara los cabaretuchos y se convirtiera en una estrella del Sans Souci.  Sólo pudo lograrlo una ordenanza arrasadora en el epicentro de la gozadera barata. Se decidió que ya no más, y el mítico timbalero perdió su hábitat nocturno y tuvo irse con su timbal, sus botellas y demás cacharros, literalmente con su música a otra parte, aunque él mismo no supiera a dónde.  Sólo así El Chori abandonó la Playa de Marianao. O más bien, la Playa abandonó al Chori a su suerte.

Me habría gustado encontrármelo por alguna calle de La Habana Vieja, o de Centro Habana, o incluso en ese Vedado que, quizás, no le gustaba mucho, pero al que necesariamente tuvo que ir cuando el mexicano  Alfonso Arau, afincado en Cuba por esa época,  lo invita a su recordado programa “El Show de Arau”, de gran popularidad a inicios de los 60:  todo indica que era la primera vez que El Chori entraba en un estudio de televisión, puede que incluso haya sido la primera vez que se acercara al flamante Radiocentro, y por supuesto, sería la primera  vez que sus baquetas, sus ojos saltones y su lengua sobresaliente apareciera en la pantallita de un televisor. El cronista Orlando Quiroga fue uno de los pocos –aunque quizás haya sido el único- que dio espacio al Chori por ese tiempo en su “La Habana noche tras noche”,  de la revista Bohemia, y sin escatimar espacio también para  Teherán, su eterno contrincante:  “Busque, por allí, “La Taberna de Pedro” y “El Niche Club”. En la primera, erguido sobre su trono de madera, con un gran crucifijo de madera y un pañuelo en el cuello, está El Chori, el más grande timbalero de Cuba, sonando estruendosamente su batería, mientras una multitud homogénea baila sobre el piso de cemento, o cantando “Frutas del Caney”, con una voz cuyo poder no han vencido los años.  Al lado, en “El Niche”, el rival del Chori: Teherán.  Más moderno, pero menos genial; incapaz de sacarle la lengua a sus admiradores, como hace El Chori, Teherán tiene su público, y tiene a Yimba, último ejemplar de una raza de rumberas que desaparece…”[32] 

El Chori, avanzados los 60, sin la Playa de Marianao . Foto:  Chinolope.

Fue este su breve segmento de fama  mediática en su propio país, donde figuras como Arau, periodistas como Orlando Quiroga, y los realizadores de PM aquilataban su talento histriónico y musical.  Pero El Chori quedó, virtualmente, sin un lugar donde trabajar. Con comparaciones algo hiperbólicas, Quiroga llegó poco después, desde su sección en Bohemia, a  llamar la atención sobre la situación de “desempleo” en que habían dejado al Chori tras el cierre de los cabaretuchos de La Playa de Marianao: 

“Aunque luzca insólito, El Chori, nuestro más grande timbalero, al que Brando, la Baker, Spencer Tracy y Martine Carol calificaron de “genius” y fueron a ver hasta su cueva en La Taberna de Pedro, no se está presentando en La Habana de noche.  El, que es de la raza de los Beny y las Rita, cuyos valores universales son, en cada partícula, cubanos hasta la médula, tiene que ser uno de los rostros que la gran ciudad de las Antillas muestre a sus visitantes.”[33]

ENTRE LOS HIERROS DE SIRIQUE

Sin los pequeños cabarets que llenaban aquellas dos manzanas de la Playa de Marianao, y con más de sesenta años en las costillas, lo que ocurrió con el mítico timbalero fue como un viaje a la semilla.  El Chori, que en cuanto a su formato y repertorio siempre estuvo dentro del son y la rumba, en sí mismo había evolucionado y su estilo dicen que se había trasmutado, con todas las implicaciones, en algo indefinible y descargoso,  donde la improvisación seguía marcando la esencia de su entrega.  Comenzó a frecuentar los encuentros dominicales de viejos trovadores y soneros que se reunían en una herrería de la calle Santa Rosa # 211 entre Infanta y Cruz del Padre,  en la barriada del Cerro, animada por su dueño, Alfredo González Suazo “Sirique”.  El Chori se hizo habitual de la famosa Peña de Sirique,  a la que también acudían, ya como un alto al final del camino, un casi centenario Sindo Garay, y los ya ancianos Miguel Matamoros, Graciano Gómez, la actriz Blanquita Becerra, y muchos otros trovadores y soneros. Cuenta Lino Betancourt:

Cuando [Sirique] fundó su peña en 1962 decidió formar un conjunto musical integrado por viejos soneros jubilados, que en otros tiempos fueron verdaderas estrellas en los sextetos o septetos que integraron. A ese peculiar conjunto lo llamó jocosamente Los Tutankamen, y su lema era: “un maestro en cada instrumento y en conjunto un hogar de ancianos”.  Lo dirigía el experimentado bongosero Manolo Pla, antiguo director del sexteto El botón de Rosa, y entre sus principales atracciones figuraba el percusionista Silvano Shueg Hechavarría, un verdadero showman, conocido por El Chori (…).[34]

El Chori, como espectador, en un breve segmento del documental “La herreria de Sirique”:

La trovadora Hilda Santana diría a Leonardo Padura sobre la voz del Chori: “Era una voz gruesa, así, profunda, de este gordo, y hacía uno de los mejores segundos que he oído en mi vida, y yo he oído bastante.  Y eso que cuando lo oí bien ya él estaba viejo.  Y fue en los años 60, cuando nosotros coincidíamos mucho en la peña que tenía Sirique en su taller del Cerro, un lugar donde se reunían los mejores trovadores de Cuba.  Hasta Sindo Garay iba.  Allí conocí al Chori, lo oí cantar y lo vi tocar en un lugar que Sirique había preparado especialmente para él, con sus sartenes y botellas, y lo recuerdo como un hombre cómico, con un chiste siempre en la boca, aunque pensándolo bien, a veces se quedaba serio, pensativo, como si de pronto se pusiera muy triste.”[35]

La imagen del Chori, ahora espectador, pero con la misma gestualidad que lo caracterizó, quedó fijada en el documental “La herrería de Sirique”, que agradecemos al director cubano Héctor Veitía, realizado en 1966,  y es el último de los cuatro momentos en la filmografía del famoso timbalero. 

Ese mismo año, aparece en la revista Bohemia el reportaje “Chori”, firmado por Fernando G. Campoamor, después de franquear el acceso restringido que el inefable timbalero había puesto, a golpe de cerrojo, a su cuarto en el solar de la calle Egido, en el número 723.  El periodista tuvo que valerse de Chinolope, para poder llegar hasta El Chori en su cuartucho de La Habana Vieja.  Chinolope era su amigo, punto casi fijo en la Playa desde los años de gloria para el timbalero y hoy sabemos que muchas de sus mejores fotos fueron tomadas por ese chino sin edad.  Es la obra de un artista que supo apresar gestualidad, instrumentos y genio de otro artista.

El Chori. Foto: Ernesto Fernandez (tomada de internet)

Otro gran fotógrafo cubano, Ernesto Fernández, captó al Chori a finales de los cincuenta en  trance de pleno alcohol, y como si presintiera la cercanía inevitable del aburrimiento.  Ya en los sesenta, Panchito, fotógrafo de la revista Bohemia, realizó tomas conocidas del timbalero.  Ahora en los sesenta, el rostro del Chori parecía el espejo que devolvía las trazas de que sus mejores años ya eran pasado perfecto. Su historia la había escrito en aquellos antros de mala muerte con la genialidad convertida en golpes de baquetas sobre el timbal, en muecas y ocurrencias inimitables y versiones personalísimas y hasta teatrales de sones, rumbas y canciones trovadorescas, combinados siempre con los sonidos endiablados que era capaz de sacarle a cualquier objeto.

No supo, no quiso o no pudo salir de aquellos lugares, de aquel ambiente.  No supo, no quiso o no pudo organizar su paso por este mundo, poner precio y validar su talento y carisma como seguro vitalicio. Quizás en esa libreta en la que escribía, nunca sabremos si como un diario o como unas memorias septuagenarias, estarían sus arrepentimientos o por el contrario, sus afanes de volver a vivir, si se pudiera, la misma vida.  Nunca lo sabremos, porque el Chori partió sin avisar a nadie, sin nada, con las mano vacías, su Changó gobernando aquellas cuatro paredes del cuarto en el solar de Egido, y su vida gozada como quiso, pródiga en ciertas cosas, y mezquina al final, en que lo dejó morir en la más horrible de las soledades.  Al encontrar al occiso azulado y rígido como nunca estuvo, varios días después del deceso, en lo que menos pensó nadie fue  en rescatar aquella caja grande de cartón que atesoraba, rebosante de recortes de viejos periódicos y revistas,  y aquella libreta, cuidada con celo, escritura de remembranzas y obsesiones, que habrían sido testimonios invaluables para la posteridad de un mito que se resistía a morir. 

Excitada, llena de sueños que se empecinaban en dejarse alcanzar a través de un camino de carencias de todo tipo, obligada a una vida signada por múltiples batallas en un decenio gris, La Habana ya nunca sería la misma después que el olor a fritanga, el vaho de alcohol y marihuana, el sudor de cuerpos recién salidos de contiendas sexuales, de rumba y son, desaparecieron de la Playa de Marianao, llevándose de un plumazo la vida irrepetible  del Chori. 

Silvano Schueg Hechavarría “El Chori” murió en La Habana, en 1974, sin que haya podido precisarse el día exacto de su partida.  Al menos en dos obras musicales se le reconoce su autoría: los sones “Hallaca de maíz” y“La Choricera”. Hasta donde se sabe, nunca grabó un disco: su genialidad no interesó a ninguna de las casas discográficas ni antes ni después,  y sólo se conserva en estos cuatro momentos fílmicos su imagen y el sonido que supo sacar a  cuanto elemento percusivo se le pusiera por delante.

Agradezco a mis amigos Iván Giroud, Jaime y Alba Jaramillo, Chinolope y José Galiño por su ayuda inestimable.

OTRAS FUENTES CONSULTADAS

Adriana Orejuela:  El son no se fue de Cuba. Laves para una historia 1959-1973. Editorial Letras Cubanas. La Habana, 2006.

Alejo Carpentier.  La música en Cuba. Temas de la lira y el bongó. Ediciones Museo de la Música. La Habana, 2012.

Alicia Castro – Ingrid Kummels:  Anacaona. The amazing adventures of Cuba’s first all-girl dance band. Atlantic Books. Londres. 2002.

Ann Marie Stock:  World Film Locations. Havana. Intellect Book. The University of Chidago Press.  Chicago, IL, USA. 2014.

Dizzy Gillespie y Al Fraser: To be or not to bop. Memorias de Dizzy Gillespie. Global Rhythm Press SLD. Barcelona, 2010.

Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco: Sobre los pasos del cronista (El quehacer intelectual de Guillermo Cabrera Infante en Cuba hasta 1965). Ediciones Unión.  La Habana, 2010.

Félix Contreras:  La Habana y sus sitios de música. En www.conexioncubana.com

Leonardo Acosta:  Un siglo de jazz en Cuba. Editorial Museo de la Música.

Otra visión de la música popular cubana. Editorial Letras Cubanas,  2004.

Del tambor al sintetizador. Editorial Letras Cubanas, 2014.

Robin Moore:  Nationalizing Blackness:  Afrocubanismo and Artistic Revolution in Havana.

Rosa Lowinger and Ofelia Fox:  Tropicana Nights. The life and times of the legendary cuban nightclub.  Harvest Book-Harcourt Inc.  2006.

Rosendo Rosell:  Vida y milagros de la farándula en Cuba. Tomo 3.  Ediciones Universal, Miami, Florida 1994.

Revistas Show  (1954-1960)

Revista Bohemia (1960-1074)

Revista La Gaceta de Cuba

Revista Gente de la Semana, 1950

NOTAS

[1] Leonardo Padura: Chori. Vida, pasión y muerte del más célebre timabalero cubano.  En: “El viaje más largo”. Ediciones Unión, La Habana, 1994. Pag. 200-206. 

[2] César Beltrán: Breve historia de la jungla de Marianao (y algunos marianenses ilustres) en tiempos de la Segunda Guerra mundial) enwww.penultimosdias.com. Julio 6, 2008.

[3] Fernando G. Campoamor: Chori. En Bohemia.  Año LVIII. No. 13.  Pag. 24-27. Abril de 1966

[4] Ibidem

[5] Orlando Quiroga: Nada es imposible.  Memorias.  Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1966. Pag. 141

[6] Nicolás Guillén: Páginas Vueltas.  Ediciones Unión. La Habana, 1982. Pp. 105-106

[7] Adolfo Salazar: “El mito de Caimito” en   revista CARTELES.  XXXI (8). Pag. 24. 20.02.1938

[8] Urbano Martínez Carmenate: García Lorca y Cuba: todas las aguas. Centro de Investigaciones Socio-Culturales Juan Marinello.  Pag. 80

[9] Pío  E. Serrano: Lorca en La Habana. De la serie “Lorca: viajero por América”, Centro Virtual Cervantes.

[10] Carmen Alemany Bay: Federico García Lorca en Cuba:  Vivencias personales y literarias. Su huella.  Universidad de Alicante.  En Centro Virtual Cervantes.

[11] Ibidem. Para leer “Juego y teoría del duende” de Federico G. Lorca, visitar este link: http://biblioteca.org.ar/libros/1888.pdf

[12] Howard Pollack:  George Gershwin:  His Life and Work.  Pag. 534

[13] Bobby Collazo:  La última noche que pasé contigo. 40 años de farándula cubana. Editorial Fundación Musicalia.  Puerto Rico. Pág. 123.

[14] Howard Pollack:  George Gershwin:  His Life and Work.  Pag. 534

[15] Josephine Powell:  Tito Puente: When the drumms are dreaming.  Pag. 208. 

[16] Se refiere a Marcelino Teherán, de quien se habla más adelante en este escrito.(Nota de la autora).

[17] Ibidem:  En esta cita:  Miguelito Valdés, famoso cantante y percusionista cubano.  Luis Yáñez, compositor del grupo fundador del feeling y de la editorial Musicabana, a la que probablemente se refería Puente cuando menciona a la “unión de compositores”; Walfredo de los Reyes, relevante baterista cubano radicado en Estados Unidos (Nota de la autora)

[18] Josephine Powell:  Tito Puente: When the drumms are dreaming.  Pag. 208. 

[19] G. Caín (Guillermo Cabrera Infante):  “Marlon Brando, un amigo”. En revista CARTELES, No. 10. Marzo 4, 1956. P. 42

[20] Revista SHOW. Cuba. Año I. No. 6. Agosto 1954. Pp. 18-19.

[21] www.imdb.com

[22] Revista “Nuestro Tiempo”. No. 1. Abril de 1954.   Pp. 9 y 12, que lo reprodujo de la revista italiana Cinema Nuovo.  También fue reproducido por Lisandro Otero  en su columna “Escena” dedicada al cine, en el diario EXCELSIOR el 10 de mayo de 1953.

[23] Guillermo Cabrera Infante:  La Habana para un infante difunto.  Seix Barral Biblioteca Breve. Barcelona. 2007. Pag. 457

[24] Guillermo Cabrera Infante:  Tres Tristes Tigres. Fundación Biblioteca  Ayacuch 1990.  Pag. 84

[27] Orlando Quiroga en sección La Habana noche tras noche. Revista Bohemia.  Octubre 8 de 1961. Año 53 No. 41. Pag. 98

[28] Cinema. La Habana. 30 de julio de 1963. No. 1388. Pag. 20

[29] Las revoluciones no son paseos de riviera.  Entrevista concedida por Alfredo Guevara a Wilfredo Cancio Isla para La Gaceta de Cuba. Diciembre 1992 (Tomada de: Alfredo Guevara:  Revolución es lucidez. Ediciones ICAIC.  La Habana, 1998.  Pag. 89)

[30] César Leante:  Calembour.  Editorial Pliegos. Madrid 1988. Pag. 150

[31] Alejo Carpentier:  “La Consagración de la Primavera”.  Editorial Siglo XXI.  Pag. 217

[32] Orlando Quiroga:  Sección La Habana noche tras noche.  Revista Bohemia. Diciembre 31 de 961. Año 53 No. 53. Pag. 81

[33] Orlando Quiroga. En revista Bohemia. 1963

[34] Lino Betancourt: En www.cubarte.cult.cu.  Sección “Cita con la trova:  La Peña de Sirique”. 26.10.2011.

[35] Leonardo Padura:  Obra citada. Pag. 203.

©  2015.  Rosa Marquetti Torres

8 comments on “Deconstruyendo al Chori”

  1. Anónimo dice:

    De impacto poderoso es este trabajo sobre el imaginado pailero, El Chori. Sólo de oídas escasas, sabía de él. ¡Qué manera de enriquecer esa cultura tan peculiar como es la cubana! Gracias por enseñármelo, Francisco Gutiérrez Barreto

  2. raúlciro dice:

    Siempre que leo, o disfruto algo ajeno y afín, cercano, o no, me siento obligado (sí, sí, ya sé que puede sonar raro, fula…; creo en la reciprocidad) a dejar constancia de que he pasado por ello y que estoy agradecido. Como siempre, es tal vez poco creíble, pero yo viví un tiempo, en los sesenta finales, claro, en esa zona, pero bueno, no tengo relación alguna con esta historia y el legendario personaje (aunque sí, con el ambiente y sus fantasmas). De todos modos, es…, muy jodido, constatar que bueno…, era, ese país, aquel que desconozco, uno lleno de defectos y virtudes semejantes a las que en “cualquier otro” del mundo actual que he llegado a catar y medianamente conocer, igual poseen… Nada.., en fin (lo siento y mucho), hay quienes se creen con el don de otorgarnos el supuesto del cambio o el frenazo autolegitimado… y hay cosas que van solas, que no las para nada, ni nadie. Y por suerte para muchos y me incluyo, hay gente como tú, Rosa, que documentan y desempolvan estas…, vergüenzas…; otras.
    Siempre habrá “un listo” que se pregunte soberbio además…, que, para qué sirve una… rotonda en cuestiones viales…; sí, entonces, ya las había en muchos sitios de la ciudad… luz, e imagino que circular (convivir) en ellas, era igual de fluido y posible…, volverá a serlo.
    Dios mío, sí, yo también vi funcionar vivo el “Coney Island” y de muy niño; varias veces, un primo mayor que yo, me llevó en sus hombros, caminando por el bulevar de la 5ª avenida, a ver los carros locos, o a comer algodón de azúcar teñido de colores…, fascinado. En otras ocasiones a jugar entre las ruinas del “Hotel Comodoro abandonado” (había papeles de oficina por todos lados, esparcidos… y la piscina, tenía el agua putrefacta…); o a apuntar falsos blancos, con un cañón que había, igual olvidado, a la orilla del mar, entre aquellos arrecifes…
    Muchas gracias por tu trabajo, Rosa, gracias. Otro abrazo.

  3. humberto dice:

    trabajos así, como este, hacen que un mito recobre su sentido de humanidad, más cercano, más el individuo que su leyenda. gracias rosa por rescatar toda esta historia. y sí, inmedible lo que se perdió y se sigue perdiendo en materia de testimonios musicales en cuba. lástima. saludos siempre, gracias reiteradas y un beso.

  4. Gracias, Rauli. Tu eres de los que no me deja renunciar al curioseo musical. Gracias por leerme y por escribir tanto y tan bien.

  5. Mandu tu tambien eres de los fieles en la lectura y los comentarios, que tanto me ayudan. Gracias por seguirme y por tambien ser parte, junto a Raul Ciro, de los que nos preocupamos por la desmemoria.

  6. Formidable, magnífico, ilustrativo, como siempre, tu trabajo, querida Rosa. Te felicito, estás haciendo historia con la historia. Yo viví aquella Habana de finales de los 50 y principios de los 60 pero nunca vi actuar al Chori, cosa que lamento muchísimo. Había una leyenda que afirmaba que la Playa de Marianao no era un sitio seguro, que lo podían asaltar a uno, que era territorio de drogadictos, en fin… que me perdí al Chori. Aunque recuerdo perfectamente su firma impregnada con tiza en cualquier acera habanera. Gracias, Rosa, no sólo por escribir lo que escribes sino, además, por hacerlo tan bien.

  7. Muy interesante .
    Encontre en la internet en venta una foto de un timbalero tocando en el Niche en los años 50’s , llamado Marcelino .
    Será el mismo que se menciona aqui? Habra otros datos de el?
    [16] Se refiere a Marcelino Teherán, de quien se habla más adelante en este escrito.(Nota de la autora).

  8. Rosa Marquetti Torres Rosa Marquetti Torres dice:

    Roberto: Tengo una sola foto de Teherán y los datos que encontré de él están volcados en este trabajo sobre Chori. Te mando la foto.

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