«Centro San Agustín». La historia del danzón que Cachao dedicó a Alquízar

A esas alturas de la víspera, el ambiente ya era festivo en todo el pueblo.  Mis tías Adamina y Cucú cada año tenían listos los outfits que estrenarían en el Baile de San Agustín, el 28 de agosto, el día del santo patrón de Alquízar.  Los vestidos salían siempre de las tiendas de tejidos de los polacos, emigrantes judíos que habían dado una imagen diferente a la habanera calle de la Muralla y que vendían a precios muy módicos las varas de telas que después, por obra y gracia de las manos de mi tía Esperanza,  se convertían en diseños de Bernabeu, Dior o Balenciaga, copiados de las vidrieras de El Encanto o de algún figurín que le prestaban. Los zapatos, no quedaba de otra, se compraban en las pequeñas peleterías de la calle Monte, donde, sí o sí, compraba la gente común y de menos recursos.

Mis tías eran bailadoras por excelencia.  Eran fanáticas de Arcaño, de Arsenio, de la Melodías del 40 y luego, de la Aragón.  Cosa curiosa, no recuerdo haberles escuchado nombrar a La Sonora Matancera pero sí, y mucho, a otro de sus ídolos: Bienvenido Granda. En su juventud, ellas pasaban temporadas en La Habana en casa de sus primas Tomasita y Obdulia con el inconfesado pretexto de seguir a estas orquestas: iban a bailar lo mismo a los Jardines de la Polar o La Tropical, a las sociedades Jóvenes del Vals, Los Yesistas, que al Isora Club.  El resto del año, cuando estaban en Alquízar reclutaban a primos o hermanos para que las acompañaran a cuanto baile se anunciaba en los pueblos aledaños con sus orquestas ídolos.

Cada año por estas fechas de agosto, callada y tiesa para pasar inadvertida, por nada del mundo me perdía esos momentos en que mis tías depositaban toda su adrenalina en los preparativos personales y en la expectativa de las orquestas o conjuntos que animaría los bailables. Ya a la hora de hablar de parejas y preferidos, a mí me sacaban de la habitación donde se probaban los atuendos o sufrían bajo el rigor oprobioso del peine caliente que dejaría sus cabezas lustrosas y a la moda.

Creo recordar que había verbena y antes de que anocheciera, la procesión del 28 de agosto avanzaba desde la iglesia por las calles del pueblo, con la esfinge de San Agustín llevada en andas por fieles que se turnaban.  Era una manifestación popular. El párroco Agapito Alonso Bernal era una autoridad querida y respetada, con gran poder de convocatoria y más de una historia grabada en la picaresca municipal,y  su responsabilidad se centraba en que la parte religiosa del festejo transcurriera con total devoción y entrega. En la procesión se mezclaban todos, desde las devotísimas damas católicas, los que veneraban a Changó y a Yemayá,  hasta los parias y desclasados. Pero el plato fuerte, el momento esperado por todos, era el baile dedicado al santo patrón y ahí sí que no habían mezclas posibles, salvo la que iguala a los que tienen muy poco. El baile eran dos bailes: uno en el Centro San Agustín y otro en el Círculo Familiar.

Eran las dos sociedades locales, calificadas por normativa legal como de instrucción y recreo.  Y aunque en mi pueblo no recuerdo manifestaciones de segregación racial similares a lo que, por ejemplo,  ocurría en el Parque Vidal de Santa Clara, a la hora del baile y la diversión como un hecho de confraternización, de lo que hoy llamamos “compartir” en espacios llamémosle “formales”, ahí sí que las cosas eran diferentes:  las personas blancas se divertían en el Círculo Familiar, ubicado en la calle principal a escasos metros del centro del pueblo –Las Cuatro Esquinas-, y los negros y mulatos en el Centro San Agustín, no muy lejos del centro, pero mucho más cerca de otros dos puntos neurálgicos de la vida alquizareña de entonces:  La Vizcaína, la famosa bodega-bar con su valla de gallos, y la Estación de Ferrocarriles.

El 28 de agosto, además de festejar el día del santo patrón, se celebra también la inauguración en el lejano 1891 del Centro de Preparación y Cultura de la Raza de Color “San Agustín”,  en una edificación construída en los terrenos cedidos por Antonio Díaz.  Entre los Marquetti, el Centro San Agustín era motivo de orgullo, entre otras cosas, porque un hecho lo situó en la historia musical cubana: en los años cuarenta, en un baile, Orlando Vallejo, con la orquesta Ideal de Joseíto Valdés estrenó una composición de mi tío Luis Marquetti, que se convertiría en un clásico latinoamericano de todos los tiempos: el bolero Deuda. Mis padres siempre demostraron un gran sentido de pertenencia hacia una institución a la que ellos, maestros por vocación y oficio, y muchos de sus colegas, aportaron sus conocimientos y energía para que fuera no solo un lugar para disfrutar y pasarla bien, sino también un verdadero sitio de superación personal, con una biblioteca que no cesaba de aumentar y cursos y actividades de disímiles perfiles y temáticas, entre otras iniciativas.

El Centro San Agustín, en imagen de los años 40-50. Foto: Archivo de la autora.

La directiva del Centro San Agustín –de la que mi padre y mi tío Juan Marquetti fueron integrantes en diferentes épocas- se esforzaba por ofrecer las mejores propuestas musicales a sus afiliados y a los bailadores en general, por lo que en el recuerdo de los alquizareños más longevos permanecen las imágenes de grandes orquestas y cantantes de los años cuarenta y cincuenta, tocando en Alquízar.

Pero esto no era condición exclusiva de esta institución: todas las demás hacían lo mismo.  Los bailes organizados por las sociedades de instrucción y recreo, y también por las sociedades regionales de naturales españoles, se convirtieron, por regla general, en espacios importantísimos para el desarrollo de los conjuntos y las orquestas de música popular desde las décadas del siglo XX.  Además de ser una creciente fuente de empleo, eran el sitio donde confrontaban con los bailadores sus más recientes temas, los arreglos más innovadores, y los nuevos ritmos.  Eran los bailadores los que decidían si una pieza o un ritmo podían convertirse en éxito, si el nuevo cantante que entraba a reemplazar al saliente funcionaría o no, si un arreglo podían entusiasmar a los bailadores o si había llegado la hora de hacer cambios.  Los bailes de las sociedades eran verdaderas plataformas de interacción y experimentación donde orquesta y bailador se retroalimentaban.  La recaudación de los bailes hablaba también de la salud de cada orquesta o conjunto.

En La Habana, entre las más relevantes sociedades de negros y mulatos -que también asimilaban a las personas de estratos sociales más bajos-, se recuerda a la Unión Fraternal, situada en la esquina de las calles Misión y Revillagigedo, en el barrio de Jesús María; Isora Club, en la calle Melones, enLuyanó; Jóvenes del Vals, en la calle Rodríguez, esquina a Atarés primero, y luego en La Víbora en Calzada de 10 de Octubre y Correa, Las Águilas, en Luz 56, también en La Víbora, el Antilla Sport Club, el Club Paseo y Mar, la Sociedad Los Faraones, el Club Intersocial, el Club Artístico y Cultural, el Marianao Social Club –donde debuta la orquesta Aragón-, el Club Social de Buenavista, del que tomó su nombre el proyecto musical cubano que alcanzara la mayor repercusión global a finales del pasado milenio.  Fueron muchas otras, diseminadas no sólo en la capital, sino en todo el país.

Israel López Cachao visto por Esteban Isnardi II.  Foto cortesía del autor.

La importancia que tenían estas sociedades para los propios músicos se puede resumir en el homenaje de algunos compositores, integrantes ellos mismos de orquestas y conjuntos, que escribieron piezas para exaltarlas.  Aunque no fueron los únicos, los llamados hermanos Cachao –Orestes, Israel y Coralia López- fueron quizás los más prolíficos:  Orestes“Macho” López compuso los danzones: Club Social de Marianao, Jóvenes de la Defensa, Centro La Libertad de Güira de Melena; Israel “Cachao” López, les dedicó Armoniosos de Santa Amalia, Juventud de Colón, Aponte Sport Club, Avance Juvenil de Ciego de Ávila, Sociedad Antonio Maceo de Camagüey, Jóvenes del Ritmo, Marianao Social y Social Club Buenavista, entre otros. Por su parte, Coralia López rubricó los danzones Magnetic Sport Club y Juventud de Colón y el más famoso de su cosecha:  Isora Club.

La sociedad alquizareña también fue homenajeada por Israel Cachao López, cuando le dedicó su danzón Centro San Agustín,  donde se aprecia el nuevo estilo que Macho y Cachao imprimieron al danzón desde que a finales de los años 30 e inicios de los 40, e introdujeron junto a Arcaño  estos avances en la orquesta.  Al parecer el danzón Centro San Agustín fue  grabado por primera vez por Pedro J. Benítez y su orquesta, y publicado por  Panart cerca de 1953 en un disco de 78 rpm (P-1585), que indica a los dos hermanos López –Macho y Cachao– como autores, cuando en realidad el autor es Cachao.

Foto: Colección Gladys Palmera

En la segunda mitad de 1959, Cachao entró al estudio de Radio Progreso para grabar una serie de temas  bajo la producción del reconocido compositor, director y empresario Ernesto Duarte y su marca discográfica en Cuba: Grabaciones Duarte.  El resultado fue el LP “Superdanzones. Volumen 2” por Cachao y su Típica, que incluye el homenaje del bajista a los alquizareños.  Este LP, uno de los clásicos danzoneros del gran Cachao, ha tenido después varias reediciones en Estados Unidos (Kubaney-Duarte MT-254) y España, esta vez con el sello creado por el propio Ernesto Duarte en este país (Duher-1611) y después en formato CD.

Fotos: Colección Gladys Palmera

Pincha para escuchar la primera grabación de Centro San Agustín por  Cachao.

En 1977 estando ya en Estados Unidos, Cachao retoma el tema y vuelve a grabarlo con una nómina espectacular: Alejandro El Negro Vivar y Alfredo Chocolate Armenteros en las trompetas; el boricua Nelson González en el tres; el pianista de La Sonora Matancera, Lino Frías; Carlos “Patato” Valdés en las tumbadoras; Rolando Valdés en el güiro; Mario “Papaíto” Muñoz; Gonzalo Fernández en la flauta; Cachao en el contrabajo y en los coros, Felo Barrios y Roberto Torres.  Se publica esta nueva versión en el LP Dos, de Cachao (SalSoul Records SAL-4115), también muy apreciado y con varias reediciones en la discografía del gran contrabajista.

Fotos: Colección Gladys Palmera

Pincha para escuchar Centro San Agustín en la grabación de Cachao de 1977

Pero no solo Cachao grabó Centro San Agustín: en 1969 lo graba una de las renombradas orquestas charangas newyorkinas: la orquesta Novel, en su LP Mama Does It, I Do It (Hopes Records LP-874), repitiéndolo en 1973 como Típica Novel en el LP Tipicante de 1975 (TR Records-115 y LPTR-8026).

Fotos:  www.discogs.org

Pincha para escuchar Centro San Agustín por La Típica Novel (NY)

Hasta donde he podido investigar, Arcaño y sus Maravillas no llegaron a grabar Centro San Agustín, pero mi primo Leopoldo Marquetti -melómano empedernido, farandulero y amante de las tertulias musicales, y recordado profesor de matemáticas- cuenta que siendo niño, lo escuchó muchas veces tanto en el programa que la orquesta tenía en la emisora Radio Salas, como en Mil Diez, cuando los llamados tres grandes (Melodías del 40, el Conjunto de Arsenio Rodríguez y Arcaño, en ese orden)- animaban las tardes radiales.  Asegura además que Arcaño tocó muchas veces ese danzón en el mismísimo Centro San Agustín, sumando una más a la gran cantidad de razones que tenían los bailadores de mi pueblo para adorar a lo que solían llamar La Maravilla de Arcaño.  El legendario flautista y director reciprocó el cariño a su fanaticada alquizareña cuando declaró públicamente que para él, en su carrera, hubo dos pueblos entrañables:  Agramonte, en Matanzas, y Alquízar.

El Centro San Agustín dejó de existir en una fecha que nadie recogió, y que al parecer, tampoco alguien recuerda.  Estábamos demasiado ocupados  pensando que construíamos cosas mejores.  La edificación, con su inolvidable prestancia y pulcritud fue  invadida por la desidia, que llega cuando conviertes una institución cultural en una sede sindical o política.  Sobrevino entonces la nada, sus paredes fueron desapareciendo, unas por la fuerza de gravedad, otras derrumbadas por la voluntad del hombre (o la mujer);  su fachada de discreta elegancia no fue elegible para una reconstrucción cabal, y corrió la misma suerte.  El mural que mi padre Israel Marquetti pintara durante largos y laboriosos días, recreando en su imaginario la vida de los indígenas, y que servía de fondo al escenario por el que pasaron Benny Moré, Arcaño, Cachao, la Aragón, y tantos otros músicos… no pudo sobrevivir.  Solo quedaron el danzón…. y la memoria.

Agradecimientos a Colección Gladys Palmera, Leopoldo Marquetti y a mi admirado Esteban Isnardi II.

© 2020.  Rosa Marquetti Torres

 

 

 

2 comments on “«Centro San Agustín». La historia del danzón que Cachao dedicó a Alquízar”

  1. Avatar CarlosJulioÁlvarezPadilla dice:

    Uauuu. Nunca la había sentido tan inspirada.

  2. Rosa Marquetti Torres Rosa Marquetti Torres dice:

    Jajajaja!!! Sabes una cosa, Carlos Julio? No puedo ni siquiera indagar, investigar, si no estoy inspirada. Cuando he tenido que escribir por petición ajena, ese siempre ha sido el problema: que si no llega la motivación, no saldrá nada bueno. Pero en fin, este texto, como ves, tiene el componente que me implica a mí y a mi familia de manera muy cercana desde el recuerdo. Gracias por leer y comentar.

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