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Rumba, trova y sones en La herrería de Sirique

En 1965 el realizador audiovisual e intelectual cubano Héctor Veitía (Caibarién, Cuba. 1939) filmó La herrería de Sirique, un documental extraordinario que con el paso del tiempo ha devenido relevante documento histórico para la música cubana.

De no haber sido por Veitía, hoy no tuviéramos imágenes en movimiento de figuras de extraordinaria importancia para nuestra música. No habríamos podido constatar la enérgica oratoria de Sindo Garay con su guayabera almidonada y su lacito al cuello, lleno de vitalidad a sus 101 años; ni ver en plena acción musical a Manolo Pla, el fundador y director del legendario sexteto sonero Botón de Rosa; ni al legendario Jesús Chuchú Arístola, considerado el mejor marimbulero de Cuba; al septeto Guarina fundado en 1927, ahora con El Albino y Ñico Saquito en las guitarras, acompañando la voz atenorada de Sirique; ni a María Granados, la niña que emocionó a José Martí con su voz, ahora cantando Gela, de Rosendo Ruiz, con su nieto Carlos en la segunda voz y acompañada nada más y nada menos que por Nené Enrizo en la guitarra…

Ese día en La Peña de Sirique quedaron apresadas para siempre las imágenes sonrientes de Siro Rodríguez y Rafael Cueto, sin Miguel Matamoros; del Chori sin sus timbales pero con sus gestos únicos e inconfundibles; de rumberos como Agustín Pina “Flor de Amor” y Miguel Ángel Mesa; de Ramoncito García, Justo Vázquez -quien, según afirma, entonces atesoraba una notable colección de grabaciones y datos sobre la trova-, Nano León y tantos otros trovadores bohemios, soneros y rumberos que atraídos por el hierro más contundente que tenía Sirique en su herrería -el imán de la música-, acudieron ese día a la peña, como cada domingo, para que se hiciera la magia.

El ambiente de La Peña de Sirique cristaliza también en el documental, que inicia el propio Alfredo González Suazo, Sirique. Su poder de convocatoria y el irreductible apego a la música hizo que aquellos hombres y mujeres con oficios disímiles se unieran cada domingo en el taller de la calle Santa Rosa No. 211 entre Infanta y Cruz del Padre, en el habanero barrio de El Cerro. Por la peña pasaron regularmente Bienvenido Julián Gutiérrez, Cheo Marquetti, Isaac Oviedo, Graciano Gómez, Niño Rivera, Salvador Adams, la cantante Hilda Santana, Manuel Corona, Alberto Villalón, Ángel Almenares, Tirso Díaz, Manuel Luna, Vicente González Rubiera «Guyún», Emiliano Blez, entre otros muchos importantes compositores y músicos. Sirique tuvo además otra iniciativa: formar el conjunto Los Tutankames, integrado por viejos y olvidados trovadores y soneros. Su lema: «Un bohemio en cada instrumento y en conjunto, un asilo de ancianos».

Confieso que uno de los momentos más emotivos del documental es la intervención del grupo rumbero Clave y Guaguancó, en su formación de aquellas fechas, donde brilla una verdadera leyenda de la rumba y la percusión afrocubana: el gran Agustín Gutiérrez “Manana”, cuyas imágenes primero en el cajón y después bailando como si sus alpargatas tuvieran alas y corazón, constituyen un documento de incalculable valor para la historia visual de la música popular cubana y probablemente las únicas que se han conservado de tan ilustre personaje de nuestra realeza sonera y rumbera.

A casi 57 años de su realización, el documental La herrería de Sirique, como el buen vino, permite descubrir en cada visionaje nuevos aromas, sensaciones inesperadas, asombros impensados. Es, sin dudas, un clásico de la documentalística cubana y de la historia visual de la música cubana, y uno de los más altos exponentes de una etapa en el trabajo del ICAIC donde realizadores como el propio Héctor Veitía, Oscar Valdés, José Limeres, Santiago Álvarez con su Noticiero ICAIC, y otros, se empeñaron en registrar la memoria viviente de muchos de nuestros músicos.

Una entrevista a Héctor Veitía

Con múltiples interrogantes y la inocultable –pero sana- envidia por el privilegio de lo vivido entre los hierros de Sirique, abordé a Héctor Veitía [1] :

¿Cómo surge la idea de filmar en la Peña de Sirique? Habías estado alguna vez antes en las reuniones musicales que organizaba Sirique en su taller?

Conocía al conjunto de coros y claves de “Flor de Amor”, a través de él me enteré de la herrería y la gente que allí se reunía. Esa gente había desaparecido totalmente del panorama musical y de todo. A instancias de Sirique, que era herrero y dueño de la herrería, pero también cantante y trovador, empezaron a reunirse allí los domingos. Mayito [el director de fotografía Mario García Joya], Marucha [la fotógrafa María Eugenia Haya] y yo nos fuimos para allá y nos pareció fantástico aquello. Era increíble: Ñico Saquito, los treseros más importantes, El Albino, un museo viviente, y dijimos: esto hay que filmarlo! Al otro domingo nos fuimos con cámaras y todo.

¿Cómo se plantearon el plan de filmación? ¿Cómo fue el diseño de producción? ¿Fueron avisados Sirique y los trovadores y soneros asiduos a la peña, o fue una filmación sorpresa?

Las cámaras no tenían sincronismo entonces, había que utilizar un aparato enorme, para meter la cámara dentro y así y todo lo hicimos, casi no usamos luces, para conservar el ambiente del lugar. Y la estructura que le dimos fue la de lo que se armaba todos los domingos allí, había un presentador… y cuando los viejos trovadores se enteraron lo que fue para allá fue tremendo. Filmamos material casi el doble de lo que salió en el documental, pues queríamos hacer otra parte, una segunda, pero por problemas burocráticos, se perdió el material, porque lo pusimos sincrónico en los archivos y ahí se echó a perder. La cinta de sonido se echó a perder y no pudimos hacerlo.

¿Qué impresión te dio Sirique como promotor de aquella maravilla?

Era peculiar. Tenía esa fundición, pero conocía a todo el mundo de la trova, al dueño del guante y la pelota lo ponen a jugar. No tenía una voz de sonero como otras de los que están ahí, pero era la persona que armaba todo aquello, llamaba, convocaba, conocía de música, su hija era pianista y me decía que le ponía una copa de sidra a la hija en el piano para que le tocara Chopin…, era un tipo muy peculiar y el lugar también: era una herrería a simple vista, pero los domingos se llenaba, la gente del barrio iba, la gente de la trova los viejos, el Chori… Siguiendo lo tradicional, había un coro de claves: el de Flor de Amor. Convivían soneros, trovadores, rumberos, que se conocían todos desde hacía muchos años. El Chori, que era algo muy específico, pues en ese momento ya El Niche, su cueva de la Playa de Marianao, ya no existía y el Chori se refugió entonces en la herrería de Sirique…

De todos ellos ¿quiénes fueron los que más te impresionaron?

Siro y Cueto (creo que ya Miguel estaba algo retirado del ambiente) me impactaron, pero lo que más me impresionó fue el ambiente. Todo era muy armónico, había un orden, casi invisible, y la gente… era un espectáculo, pero no lo era, porque también la gente del barrio, gente que oía y disfrutaba esa música, que ya estaba fuera de todos los circuitos, que ya no se radiaba o cuando lo hacían se ponían de vez esporádicamente como algo viejo, nada que ver con la valoración que después se le dio. Era la época en que Mirta y Raúl, Pello El Afrokán y otros copaban los medios Y esta música, la vieja trova, los sones, los coros de claves, los rumberos, en 1965 esto era como algo realmente arqueológico. Solo se oía en la programa del Consejo Nacional de Cultura en sitios y espacios muy alejados de todos los medios de difusión masiva. Muchos de estos músicos murieron sin ser grabados.

Graciano Gómez, trovador y compositor

¿Recuerdas detalles, anécdotas de aquella tarde, canciones que cantaran y no quedaran en el documental?

Yo estaba filmando, pero también asombrado, disfrutando… Están El Albino [Luis Peña], Rosendo Ruiz, Ñico Saquito, Sindo Garay y su hijo Guarionex, El Chori, María Granados, que fue amiga de Martí, mujeres cantantes de trova, cuyos nombres no alcanzo a recordar…, era algo que parecía no tener fin, gente que tú conocías, que sabías que fueron importantes, pero que los que estaban allí como público, ni la gente en general conocía, pues estaban olvidados. Recuerdo que había un alemán que iba todos los domingos a grabar; comenzaron a aparecer otras personas interesadas por aquel fenómeno cultural espontáneo…

A tantas décadas de distancia y sabiendo ahora que La Peña de Sirique es algo más que un documental, es un testimonio único de un hecho cultural también único, ¿cómo valoras ambas cosas: La Peña y tu documental?

No es propio que yo lo diga: lo de la peña fue insólito y único; cuando eso dejó de existir, dejó de existir ese mundo unido, conectado, de trovadores, bohemios, soneros y rumberos. Y el documental es un testimonio sobre ese mundo, un testimonio que me parece es bastante completo como trabajo cinematográfico, con una estructura muy trabajada y está hecho para que la gente piensa que es espontáneo, la cámara está con la gente y la fotografía parece algo familiar, no es la clásica o presumible foto de estudio.

Rosendo Ruiz y María Granados

Y eso me parece importante, porque, además, está muy a tono con el documental, le agrega riqueza en ese sentido, que de otra manera no lo habría podido tener. Hay un elemento de nostalgia que redondea el documental: es algo hecho, desde el valor intrínseco del fenómeno que retrata, realmente es un valor en sí mismo y además está realizado como un testimonio, que era lo que me interesaba.

Para nosotros era una estética que era así, era nuestra onda, como lo percibíamos… hay un momento en la primera conversación con Sirique que parece que baja la luz y sube después, algo muy sutil de lo que apenas te das cuenta: era el sol que daba de frente y en ese momento se metió una nube. Utilizamos el reflejo del sol en una pared como iluminación, ninguna otra luz, porque el ambiente era muy importante para nosotros. Arriesgamos porque era fotografía de ambiente, que no era lo que se utilizaba. Mayito era quisquilloso, pero el departamento técnico nos exigía que lleváramos luces. La foto debía tener la misma estética de lo que se grabó.

Ellos sabían que íbamos a filmar, pero nos integramos y nos hicimos invisibles a través de la integración en un espectáculo para la gente, quiere decir que nosotros, el equipo de filmación, también éramos la gente, consiguiendo una espontaneidad que no habría logrado de otra manera. Estábamos dentro de ellos… eso lo aprendí de Chris Marker. Me dijo: No hagas nada, piensa en lo que quieres y eso se va a dar como lo quieres”. Lo he probado muchas veces en otros documentales y es así. Es un estilo que a mí, como cineasta, me interesaba mucho y trabajé mucho de esa manera, hay varios documentales míos filmados así, que son así…

Porque cuando la gente empieza a tratar de pasar inadvertido para grabar, para filmar, el efecto que resulta es el contrario. Cuando ellos ven que a ti te interesa lo que ellos están haciendo, lo que están cantando y tocando, te sienten suyos. Nadie se siente cohibido.

Cuando se exhibió, la gente que lo veía le interesaba mucho por los viejitos, por ese mundo desconocido o que muchos pensaban ya muerto y que ahora tenían delante de sus ojos.

[Todas las fotografías fueron tomadas por la destacada fotógrafa cubana María Eugenia Haya, Marucha (La Habana, 1944-1991)]

Pincha aquí para ver el documental LA HERRERÍA DE SIRIQUE

NOTAS

[1] Héctor Veitía fue entrevistado por la autora el 19 de noviembre de 2020.

© Rosa Marquetti Torres

Alquízar, Cuba. Soy una apasionada de la historia de la música y los músicos cubanos, de la memoria histórica y de asegurar su presencia historiográfica en las redes. Me gusta la investigación. Trabajo además en temas de propiedad intelectual y derechos de autor. Escucho toda la música... y adoro....la buena. Desmemoriados... es la interaccción. Todos los artículos son de mi autoría, pero de ustedes depende que sean enriquecidos.

8 Comentarios

  • lorenzo tartabull santa cruz

    Muchas felicidades Rosita, quiero plasmar aquí mi agradecimiento por tu importante trabajo en el rescate, difusión y enriquecimiento de nuestra historia musical. Claro está, mi privilegio por compartir contigo tantos años de amistad, respeto y admiración bajo el bello manto de tu talento, generosidad, belleza y sensibilidad artística. Amor por siempre querida hermana.

  • Carlos Godinez

    de niño recuerdo los ensayos en casa de abuela Margo y Agustín en Calle Subirana 431 entre Santa Marta y Claver, Barrio de Pueblo nuevo, Allí ensayaban en la sala los primeros clave y Guaguanco, solo con Cajones 1956

  • Rosa Marquetti Torres

    Carlos, tus comentarios son muy importantes y siempre bienvenidos en Desmemoriados. Tienes vivencias únicas, por ser nieto del legendario Carlos Godínez, uno de los primeros músicos del Sexteto Habanero. Por favor, no nos prives de comentarios como éste. Un abrazo.

  • Rosa Marquetti Torres

    Muchas gracias, querido Barry Cox. Mucho has hecho tu también por visibilizar la rumba cubana y sus protagonistas.

  • Jorge Petinaud Martinez

    Querida Rosa, que maravilla acceder a tus investigaciones acerca de la historia de la musica cubana. Resulta un inmenso orgullo ser tu amigo desde los años estudiantiles en la Universidad de La Habana. Jorge Petinaud Martinez.

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