Graciela vista desde el Trópico (quise decir desde Cuba)

Si la noche del jueves 2 de noviembre del año 2006 a algún periodista desprevenido se le hubiese ocurrido salir a las calles habaneras y preguntar a los transeúntes si conocían a aquella cantante cubana que acababa de recibir durante la ceremonia de los Latin Grammy el Premio a la Excelencia Musical, muy pocos habrían acertado en su respuesta: la mayoría diría que no la conocían, y muy pocos dirían que tenían idea de cuál había sido el aporte de esta mujer en la música para merecer tan importante reconocimiento.  La alta distinción era entregada por la Academia Latina de las Artes y las Ciencias de la Grabación (LARAS, en sus siglas en inglés) y en el Madison Square Garden en Nueva York provocó, a diferencia de lo que ocurría en La Habana, un aplauso atronador cuando se anunció que Graciela Pérez Grillo la había recibido, como reconocimiento a la obra de toda su vida. Sí, ya sé, ya me dirán que los Latin Grammy por aquellos años no tenían en cuenta a los músicos que habían permanecido viviendo en Cuba, pero da lo mismo en este caso, porque aquí se estaba haciendo justicia, se estaba premiando la excelencia de una carrera.

Graciela y Machito en el Glen Island Casino. New Rochelle, New York, 1947. Foto: William Gotlieb. Library of Congress.

En Cuba, sin embargo, Graciela era poco menos que una perfecta desconocida, a pesar de que su historia de amor por su tierra y su música fue intensa, aunque durante casi setenta años vivió ese amor  desde la distancia.   Al recibir el premio Graciela había cumplido 91  años tres meses atrás y dicen que aún disfrutaba de un buen scotch, y de las descargas que siempre animó con su voz. 

La verdad más verdadera es que nunca hemos sabido mucho sobre Graciela y su legado.  Tarde nos enteramos de cuán famosa y venerada llegó a ser entre los músicos latinos que triunfaban en Estados Unidos.  Tampoco supimos a tiempo que fue una de las primeras voces femeninas de la Isla que los norteamericanos identificaron y disfrutaron como genuinamente cubana; que la suya es la voz solista en las únicas grabaciones de la orquesta Anacaona en sus formaciones más antiguas allá por los años treinta; ni que  José Antonio Méndez la apreciaba como una de las mejores intérpretes de sus extraordinarios boleros.  Como tantas otras, su voz maravillosa es casi desconocida en Cuba, donde un tema suyo en un programa de radio es una  rareza notoria.  Apenas supimos que, según aseguró Leonardo Acosta, fue “la cantante cubana  más cotizada en Nueva York por más de tres décadas.”[1] Sin embargo, nunca cronista, periodista o investigador alguno, ni antes ni después de 1959, ni allá ni aquí,  dedicó demasiado de sí para dejar constancia escrita sobre  su enorme valía y los éxitos que alcanzaba en los Estados Unidos, y en esto influyó segura y lamentablemente la monumental contribución musical de los dos hombres que brillaban escoltándola en la misma orquesta, y en la misma familia:  Mario Bauzá y Frank Grillo “Machito”.

Graciela con Machito y sus Afrocubans en el Glen Island Casino. New Rochelle, New York, 1947. Foto: William Gotlieb. Library of Congress.

No somos nosotros los únicos culpables de tal extrañamiento:  Graciela salió de Cuba a inicios de la década de los cuarenta y al parecer, volver a cantar en la Isla fue quizás un deseo, pero no parece que haya sido una opción viable  en esa carrera personal que construyó dentro de la orquesta de su hermano y su cuñado, pues a lo largo de varias décadas Machito y sus Afrocubans nunca se presentaron en Cuba y hasta llegaron a revertir en anécdota la remota posibilidad de una excepción, cuando previeron hacerlo en 1952 y la oportunidad fue frustrada por el golpe de estado, y ya nunca más.  Sin embargo, sus discos circulaban en la Isla sobre todo al finalizar la primera mitad del siglo, y algo muy notable:  había una interacción con los compositores que vivían en Cuba, que entregaban sus creaciones para que sonaran en  la voz cristalina y cubanísima de Graciela, que hacía de esos temas verdaderas joyas de interpretación. 

Vivió la mayor parte de su vida fuera de Cuba, a la que como rutina recordada regresaba de vez en vez:  siempre que tenía que cumplir contratos en Centro y Suramérica, La Habana era la escala obligada y entrañable, la del reencuentro familiar y amistoso, de la auténtica reunión con algarabía criolla ante una mesa desbordada de congrí, yuca con mojo  y lechón asado antes de regresar a New York.  Su voz transparente fue  inequívocamente cubana, con sello propio y denominación de origen.  La sabrosura y cubanía de Graciela, a pesar del frío de Nueva York, nunca consiguió extinguirse. 

No era la diva al uso, con belleza, talento y glamour, todo incluído:  la esbeltez que Natura le negó se la compensó con creces con unas cuerdas vocales, una simpatía  y una sensibilidad extraordinarias. En su voz han quedado registros que son hoy íconos indiscutidos en la discografía de la música latina. Pocos son conscientes de que su calidad vocal e interpretativa y su propia historia –que recorre transversalmente una buena parte del siglo XX musical cubano- habrían merecido menos opacidad y más reverencias, sobre todo en la Isla donde nació.

Graciela Pérez es parte de esa legión de estupendos músicos cubanos que, por causas diversas, hicieron sus vidas y carreras más allá del Malecón y, paradójicamente, tanto trabajo y tanta gloria ha tenido limitada difusión en un grupo de países, o  escasa o ninguna en su propio país, pero como mujer cantante fue precursora en eso de echar raíces, plantar bandera en territorio ajeno  y afianzarse con su música, para germinar con éxitos multiplicados, con la desventaja de llegar a los escenarios, cuando no se había inaugurado aún la era de la construcción minuciosa de las grandes cantantes femeninas en la llamada música popular (aunque sí en el canto lírico) y salvo excepciones, los hombres campeaban por su respeto ante los microfónos, como era lo usual y lo visto hasta entonces.

Siempre se ha dicho que es hermana de Frank Grillo Machito, pero ella misma se encarga de aclararlo en la entrevista que concediera al investigador y coleccionista Eloy Cepero:  sus padres criaron a Machito, quien había sido dejado en su casa por sus padres biológicos que marchaban a trabajar en el campo, pero  al final terminó quedándose con la familia de Rogelio Pérez, por lo que ella y Machito son hermanos de crianza.[2] Cuñada de Mario Bauzá, quien se casa con su hermana Estela Pérez, Graciela forma con ellos dos esa tríada imbatible que se resume en la etiqueta  Machito y sus Afrocubans, una verdadera marca como formación musical que figura por derecho propio en los orígenes y desarrollo de ese jazz que unos llaman latino, otros afrojazz, y otros afrocubano.

Habanera,  nacida y criada en el barrio de Jesús María, Graciela Pérez llega al mundo el 23 de agosto de 1915.  La entrevista citada concedida a Eloy Cepero, me parece importante por la cantidad y calidad de la información que Graciela decide compartir:   subraya en ella una interesante percepción sobre la singularidad de esa barriada, inmediata al puerto habanero: a Jesús María entraban los congos, los judíos, los chinos, todos los que hoy llamarían indocumentados y que el ente de inmigración los dejaba llegar y ahí se producía, al entrar en contacto con los habitantes de ese barrio pobre y sonoro, una amalgama de músicas que entraban, se mezclaban, salían, regresaban…. Su madre era hija huérfana de padre catalán, que la dejó en la miseria al haberle sido robado lo que tenía, y su padre, humildísimo recogedor de basura, logra ahorrar lo imprescindible para alquilar y amueblar con lo esencial un cuarto en un solar en la Calzada de Vives, número 47, en el barrio de Atarés, y lleva a su madre a vivir con él.  Ahí nacen Graciela y sus primeros tres hermanos.  Ni su padre ni su madre tienen vínculos con la música, pero pregona y chifla de maravillas cuando recorre las calles empujando la carretilla de las viandas que vende.  Eso queda en la memoria de la niña Graciela.  Se reconoce con 10 ó 12 años aprendiéndose canciones, sobre todo los boleros que canta Abelardo Barroso, que le encantan  y así, siempre con la complicidad de Machito –quien ya anda siguiendo sin descanso a los sextetos y septetos- empieza a hacer dúo con su hermana Estela, montando voces, aprendiendo sones y canciones de moda, pero todo aquello quedaba en casa… hasta que empezaron a cantar en fiestas de familiares y amigos.  

Graciela, segunda de derecha a izquierda. Foto tomada del libro “Anacaona: The Amazing Adventures of Cuba’s First All-Girl Dance Band” (Alicia Castro e Ingrid Kummels).

Con Anacaona

Por aquel tiempo, las hermanas chinas-mulatas Castro forman un septeto bajo la égida de la mayor, Concepción, a quien todos llamaban “Cuchito”.  Es el septeto femenino Anacaona, que debuta en 1932 en el habanero teatro Payret. Con los meses y las circunstancias, Cuchito decide flexibilizar el formato y también trascender el marco familiar y contratar a chicas de otra procedencia, como las pianistas Hortensia Palacio y Elsa Rigual.   Machito, que anda entre los soneros, se entera de que en el Anacaona están buscando una cantante, va en busca de su hermana, que se niega incrédula, insistiendo en que nunca había cantado en una orquesta, pero  decide probar y es así como Graciela se enfrenta a su primer compromiso como cantante de la agrupación, en reemplazo de Elia O’Reilly, quien hasta entonces había sido la voz principal de Anacaona y ahora elegía el camino del matrimonio.

Además de cantar bien, la nueva cantante tenía algo que Cuchito, como directora, necesitaba: que tocara bien las claves, esencial en el formato de los sextetos, y eso Graciela lo había aprendido con María Teresa Vera las muchas veces que la insigne trovadora visitara su casa.  En sus memorias, Alicia Castro, una de las hermanas fundadoras de Anacaona, comenta que Graciela comienza con ellas en 1933 en los Aires Libres del Prado, exactamente en el Café El Dorado, junto al hotel Pasaje, donde se presenta “la competencia”:  la orquesta femenina Ensueño que dirige Guillermina Foyo. Tras varias semanas –cuenta Alicia- el éxito de Anacaona en El Dorado fue tremendo, a pesar de que al principio, su dueño mostró cierta reticencia frente a Graciela, considerando que estaba “demasiado gordita” para la imagen que pretendía dar a las muchachas de su espectáculo.[3] A la postre las Anacaona con Graciela fueron imbatibles en los “aires libres”  estremeciendo de son aquel escenario bajo la marquesina del famoso hotel Pasaje, imágenes y sonidos que se añoran hoy cuando se camina por esa acera húerfana y fría, a pesar del calor.

Anuncio de los aires libres del Hotel Pasaje, en Prado. Graciela, primera de derecha a izquierda en la segunda fila. Foto tomada del libro “Anacaona: The Amazing Adventures of Cuba’s First All-Girl Dance Band” (Alicia Castro e Ingrid Kummels).

Con Anacaona, y con diecinueve años de edad Felipa Graciela Pérez y Gutiérrez hace su primer viaje:  el 16 de febrero de 1935 zarpan en el vapor Cuba.  Van a Puerto Rico con visa por un mes, a donde llegan cuatro días después para presentarse en el hotel Condado de San Juan y durante tres meses recorren la isla preciosa.[4]  Después cumplen contrato en México, Panamá y Venezuela.  En 1937 visitan Barranquilla, en Colombia, país al regresarían en 1942, pero esa vez a Medellín. Será también el año de las primeras grabaciones del Sexteto, con Graciela como voz principal:  el 15 de junio de 1937 graban en La Habana para el sello Victor los sones:  Maleficio, Algo bueno, Oh marambe marambí, Amor inviolado, Bésame aquí y Después que sufras. Vale destacar que Graciela aparecería con el apellido Martínez y no Pérez, como correspondía.  Serían sus primeros registros fonográficos y los únicos de las Anacaona en aquellos tiempos, que hoy pueden escucharse en el CD HQCD-27 del sello Harlequin.

Graciela con Anacaona y Alberto Socarrás en La Habana, durante los ensayos.  1938.Foto tomada del libro “Anacaona: The Amazing Adventures of Cuba’s First All-Girl Dance Band” (Alicia Castro e Ingrid Kummels).

El 23 de abril de 1938 las Anacaona, con Graciela cantando y tocando contrabajo -algo que aprendió a la carrera- y en formato de septeto, zarpan rumbo a Nueva York donde inauguran el famoso night-club latino Chateau Habana-Madrid y permanecen también tres meses.  Gustan muchísimo y le surge allí mismo un contrato para Europa. El reconocido músico cubano Alberto Socarrás, uno de los primeros de la Isla en asentarse en Nueva York, es contratado para dirigir la orquesta que respaldaría las presentaciones en París y para preparar debidamente al sexteto, viaja a La Habana de inmediato, trabaja con ellas, montan repertorio, ensayan.   Al año siguiente, y bajo su dirección viajan a París donde actúan en el show del hotel Ambassador y en el Chez Florence, en el cual una de las atracciones principales era el gran guitarrista de jazz Django Reinhardt.  Hacen las matineés de Les Champs Eliseés, donde también resultan exitosas. Graciela, además de cantar, aprende con Socarrás los rudimentos  del contrabajo, que le permiten ejecutar algunos temas populares  de jazz de aquella época.  Sólo los vientos de guerra que soplaban huracanados sobre Europa pudieron interrumpir la exitosa touneé de las Anacaona en Francia y tienen que regresar a La Habana.

Graciela canta y toca las claves con Anacaona en formato de sexteto en el Havana Madrid de New York.  Año 1937. Foto tomada del libro “Anacaona: The Amazing Adventures of Cuba’s First All-Girl Dance Band” (Alicia Castro e Ingrid Kummels).

Graciela permanece con las chicas de Anacaona ocho años, hasta 1941, cuando abandona el grupo por desavenencias.  Para sustituír a su cantante Ana María García, entra en el Trío de Nené Allué, que para entonces, es parte de la programación de Radio Suaritos, y permanece en él hasta que su brújula vital pone rumbo al Norte.

Graciela, Mario Bauzá y dos chicas de Anacaona en New York. 1938. Foto tomada del libro “Anacaona: The Amazing Adventures of Cuba’s First All-Girl Dance Band” (Alicia Castro e Ingrid Kummels).

A Nueva York con Bauzá y Machito

Mario Bauzá no duda ni un minuto en hacerla viajar de nuevo a la Gran Manzana, justo en el momento en que Machito –ya en Nueva York- es llamado al army, en medio de la Segunda Guerra Mundial de la que Estados Unidos es ya parte beligerante. Graciela llega a Nueva York el 28 de mayo de 1943 y de inmediato se incorpora a la orquesta que habían formado su cuñado y su hermano bajo el nombre de Machito y sus Afrocubans.[5]  A modo de digresión, un dato curioso:  al menos en la música cubana, sería la segunda vez comprobada que se utilizaría el término “afrocubano” para nombrar una formación musical, pues, hasta donde se sabe, antes lo había hecho el percusionista y director de comparsas Santos Ramírez, con su Grupo Afrocubano de Santos Ramírez. (Está por verificarse la existencia de un Cabaret Afrocubano en La Habanaen la década de los 30 y 40 al que algunos testimonios hacen referencia)

Ante la salida de Machito para el ejército y la demora, por trámites de inmigración, en la llegada de Graciela, Bauzá decide incorporar temporalmente al cantante puertorriqueño Polito Galíndez, el que permanece en la orquesta al llegar Graciela y con él hace dúo en boleros y canciones, hasta el  regreso de Machito, y entonces, al salir Galíndez, los cantantes de los Afrocubans serían el cubano para las guarachas y Graciela para los boleros y canciones suaves.  Sin embargo, muy pronto Graciela demuestra que puede mucho más y logra moverse con total soltura y excelencia en todos los géneros y estilos asumidos por los Afrocubans

Llegó Dieguito, Quién Paró La Rumba, A Quili Quilito, La Peleona, El Marañón, Coco, Zumbalé y Rié, No Llora Má, son títulos que ella graba durante la ausencia de Machito, las primeras que registrara con los Afrocubans.

Viniendo de Anacaona, con formatos más simples de sexteto, septeto y charanga, Graciela tiene que adaptarse al nuevo formato orquestal donde Bauzá emplea los metales al estilo de las big bands afrocamericanas en las que había trabajado antes, algo que, junto a cambios en la sección rítmica, desde muchos años antes deseó experimentar.

Graciela con músicos de Machito y sus Afrocubans (José Mangual (bongó); Carlos Vidal Bolado (tumbadora); Ubaldo Nieto (timbal); Machito (maracas); René Hernández (piano) y Roberto Rodríguez (contrabajo) New York. 1947.  Foto: William Gottlieb. Library of Congress.

Con certeza, Cristóbal Díaz Ayala diría de ella:  “Graciela era capaz de cubrir todo el repertorio de música movida como su antecedente Paulina Alvarez, o su precedente Celia Cruz, pero capaz de cantar una canción o un bolero mejor que cualquiera de las dos.”[6]

Al regreso de Machito del army, el binomio con Graciela comenzó a enhebrar no sólo la marca vocal de la orquesta, que, junto a las innovaciones en el formato instrumental introducidas por Mario Bauzá, haría de los Afrocubans un hecho musical no sólo imbatible, sino imprescindible en esencia a la hora de escribir y explicar la historia de la música latina en los Estados Unidos. Si un músico cubano necesita a gritos un libro que plasme su enorme contribución a la música cubana y a la música norteamericana, ese es Mario Bauzá, con quien la musicografía y la musicología están aún en deuda.  Llega a Harlem a los 19 años y ya había pasado por la Filarmónica de La Habana y por la orquesta del cabaret Montmartre.  En New York trabaja en las big-band negras  de Chick Webb, Cab Calloway y Don Redman, de gran popularidad y fama bien ganada como exponentes de la llamada era del swing. A medida que se adentra en el conocimiento del jazz americano, más se afianza en su idea de fusionarlo con los ritmos afrocubanos, principalmente introduciendo la percusión en refuerzo de la sección rítmica.  Sueña con dirigir una orquesta en la que pudiera plasmar estas ideas, y la oportunidad surge al crear los Afrocubans, a cuyo nombre le agrega el de Machito, por ser, antes de llegar Graciela, la voz e imagen carismática y central ante el micrófono. Pero el sustrato musical, la dirección, los arreglos, el concepto del  espectáculo, según Graciela, van a ser responsabilidad de Mario Bauzá.

 

Mario Bauzá en los años 30-40 en New York. Archivo de la autora

“Mario lo hizo todo– afirmaría Graciela en entrevista con Jesse Varela-. Él escogió las canciones y preparaba todo para nuestros shows y grabaciones. Machito y yo podíamos cantar cualquier cosa.  Mario desarrolló nuestro repertorio mediante la búsqueda de grandes canciones y la búsqueda de arreglistas de talento para adaptarlas a nuestro sonido. Todo el mundo reconoce siempre a Machito, pero fue Mario quien hizo todo.”[7] Ciertamente, el repertorio de Graciela sacaba partido a las múltiples cualidades interpretativas de la cubana, que cubrían un amplio espectro desde las guarachas más pícaras y encendidas, hasta los boleros más rotundos y sentidos. 

El estreno en octubre de 1943 de Tanga, de Mario Bauzá, considerada la primera grabación de auténtico  jazz afrocubano, lleva a Machito y sus Afrocubans a una nueva dimensión.  La obra, esencialmente instrumental, proyecta mensajes inesperados al público bailador en New York que gusta de las más diversas tendencias, lo que va a impactar también en el público seguidor de los Afrocubans, que amplía su espectro atrayendo a bailadores de diverso origen racial y étnico, siendo quizás sin proponérselo, uno de los elementos precursores en romper las barreras raciales en los salones de baile en Estados Unidos.

Poco a poco, nadie concebía a los Afrocubans sin Machito  y sin Graciela.  La cubana brilla en los escenarios latinos de New York, Los Angeles, Hollywood y muchas otras ciudades, primero en el mítico night club La Conga, luego vendrían el exclusivo Park Plaza, las míticas plazas de jazz: Royal Roosts, Bop City, Birland –donde comparte cartel, de tú a tú,  con grandes voces del jazz americano-, el Savoy, hasta llegar, en los cincuenta, a estremecer la pista del más famoso ballroom latino:  el Palladium, donde ya a finales de los cuarenta e inicios de los cincuenta las barreras raciales empiezan a diluirse en la locura por el mambo, de la que Machito y sus Afrocubans con Graciela son uno de los principales responsables.  

Graciela, Machito y sus Afrocubans con Bing Crosby en Club Brasil, Los Angeles. 1945.  Foto Colección Lourdes y Mario Bauzá.

“Los cubanitos aquí en Nueva York por aquellos días –contó Graciela al periodista Jesse Varela- fueron los que empezaron a enseñar a la gente a bailar el mambo. El Palladium ganó  nombre y fama debido a su clientela la cual estaba conformada por gente afro-americana y por los puertorriqeños que habitaban el sector. Incluso esa parte de la ciudad a medida que empezaron a llegar los hispanos la zona fue cambiando culturalmente.”

En paralelo, y cuando la radio era el medio de comunicación por excelencia, en los años cuarenta y parte de los cincuenta, Graciela con los Afrocubans y Machito llegaron a captar altos ratings de audiencia en los populares programas que animaba el famoso DJ Symphony Sid Torin, el mismo que acuñó el término cupob para singularizar la mixtura del jazz y los ritmos cubanos que sobreviviría después llamado por muchos como latin jazz.

El tremendo éxito del Palladium tendrá sucesivas compensaciones para Machito, Mario Bauzá y Graciela.  En opinión de Jesse Varela “…un importante logro de la orquesta de Machito fue cuando firmó con la Columbia Records en la década de 1950.  Esto ayudó a Machito a penetrar el mercado de los Estados Unidos e hizo que sus grabaciones se distribuyeran lo más ampliamente posible.  Su concierto en 1947 en el Town Hall junto a Stan Kenton acercó a su banda al mundo del jazz llevándola más allá de la simple apreciación de sus discos en las tiendas.  Lo grabado en Columbia Records para los años de 1951 a 1955 demuestran unan gama magnífica de los grandes éxitos de la orquesta de Machito:  Mambo Inn, Holiday Mambo, Sambia, Mambo mucho mambo, entre otros, que encantó a mucha audiencia.  En efecto, Graciela fue una parte extremadamente importante en la banda y se ganó su lugar como cantante protagonista del espectáculo.”[8]

Graciela y Machito. New York, 1947. Foto: William Gottlieb. Library of Congress

Merece ser destacado el papel de Graciela en la difusión en el ámbito latino en Estados Unidos de las creaciones  de los autores fundadores del movimiento del feeling en su etapa inicial:  después de la grabación primigenia del mexicano Fernando Fernández en 1948, una de las primeros registros fonográficos de ese gran clásico  Contigo en la distancia, de César Portillo de la Luz, es el  de Graciela con el Trío Hermanos Rigual, fijado en Nueva York en 1952.  Otro clásico de Portillo, Tú mi delirio, brilló también en la voz de Graciela.   De José Antonio Méndez, quien la consideraba una de sus mejores intérpretes,  incorpora a su repertorio y también graba los boleros Novia mía (como Novio mío), Adoración y Ayer lo vi llorar.   Otros compositores que se suman al feeling ven exaltadas sus obras en la calidez de la voz de Graciela:  Hay que recordar (Piloto y Vera), Finaliza un amor (Ricardo Díaz) U-ba-bla-du y Freezelandia (Pepe Bequé) y hasta el cha cha chá llegó el compromiso de Machito y Graciela con este grupo de autores, de los que  graban Circunstancia (Francisco Fellove) y Rico Vacilón (Rosendo Ruiz Quevedo).

Pincha aquí para escuchar a Graciela cantando “Adoración” de José Antonio Méndez

Y pincha aquí para escuchar a Machito, Graciela y los Hermanos Rigual en la grabación de Contigo en la Distancia de 1951

A inicios de los cincuenta Graciela arrasa con  Sí Sí, No No, una guaracha de Blanco Suazo que inicialmente se conoce como Mi cerebro,  grabada durante los tempranos cincuenta, donde se explaya con todo su histrionismo y simpatía al ofrecer una verdadera joya del doble sentido y la sensualidad.

Y aquí para escuchar Si si, no no (Mi cerebro) por Graciela y Machito

Un momento muy alto en la carrera de los Afrocubans, con Machito y Graciela fue el “Mambo USA Concert Tour”, la gira de conciertos que entre 1954 y 1955  los llevó a más de 15 ciudades de la Unión, junto con las bandas de Joe Loco y el cuarteto de Facundo Rivero, presentándose en las mejores plazas y night-clubs.

A pesar de todo esto, no es hasta 1963 que Graciela consigue grabar un disco en el que ella es la figura central.  Esta es Graciela, yo soy así (LP Tico 1107) es su primer disco en solitario, aunque respaldada por la orquesta de Machito, e incluye grandes éxitos de la diva cubana en muy diversos géneros como Ay José (un tema en la misma línea del choteo y el doble sentido como Sí, Sí, No, No y del cual Rita Montaner ya había hecho todo un clásico), El Gato con Tres Patas, Mi querido Santi Clo, Ya tú no estás, y otros.  Un año después, los ejecutivos del sello Tico concretan un disco de otro calibre, que permite apreciar el desempeño de Graciela en el bolero y la canción más cercana al estilo norteamericano: “Intimo y Sentimental” (LP Tico 1123) , producido en 1965.

“Dos de las piezas fueron éxitos para Nat King Cole:  Felicidades para alguien y No voy a llorar más –explica Graciela-. Los compositores de esas canciones vivían en el mismo edificio donde estaba Roulette Records (propietarios del sello) y ellos le pidieron a Mario [Bauzá], si yo podía cantar esas canciones en español.  Entonces Bobby Collazo fue quien realizó las letras y la adaptación al español. (…) El sello también hizo hincapié en que ellos querían grabar estas canciones con una orquesta completa y que se escucharan las cuerdas.  Fue el pianista de Sarah Vaughan, Jimmy Jones, quien hizo los arreglos y con quien ensayamos las canciones.”

Llegaron los años sesenta y los mismos ritmos y el mismo ambiente que la habían encumbrado, junto a los Afrocubans, comenzaban su declive.  En el caso del mambo, el bogaloo primero y la salsa después reclamaron su turno en la ruleta de la fama.  La salsa, todo parece indicar, tuvo un fuerte aliento comercial, más que inspiración, desde sus mismos inicios.  En una entrevista Graciela hizo referencia a que abogados del entonces naciente sello Fania Records le contactan inicialmente, con propuestas contractuales que ella y Mario Bauzá consideraron inaceptables para una figura establecida como ella.  Propuestas que fueron eso, iniciales, porque antecedieron al fichaje de la gran Celia Cruz y también al descarte de La Lupe, ambas llegadas desde La Habana en los tempranos sesenta y con edades inferiores a la de la gran Graciela. 

En los años sesenta, Graciela no deja de cantar, ni de viajar con los Afrocubans. Van a Japón y luego continúan una larga gira por los Estados Unidos, pero el final de este matrimonio de tres está cerca.  En 1973 sobrevienen desavenencias y Machito, Bauzá y Graciela se separan después de haber trabajado juntos treinta y dos años y de haber alcanzado juntos los tremendos logros con que vieron coronados su talento y esfuerzos. Machito mantendrá su banda con un formato familiar y Graciela y Mario crearán otra big band que dirigirán de conjunto.  Llegan a grabar dos álbumes:  La Botánica (Coco, 1977) y Afro-Cuban Jazz (Caimán, 1986), este último producido por el pianista Jorge Dalto, que logró reunir a un verdadero all stars de músicos en New York. 

Cuando ya parecía que todo había acabado, en los años noventa se produce un  revival, un redescubrimiento del tremendo legado de Mario Bauzá y  Graciela lo escolta, en la alta medida que le corresponde, en esta especie de homenaje, que organiza el sello alemán Messidor, al grabarle tres discos entre 1992 y 1993, que para el gran Mario Bauzá, serían los últimos:  Tanga, My Time is Now y 944 Columbus.  Después, el reconocido trombonista norteamericano Steve Turre la busca para que grabe junto a él  Ayer te vi llorar, y lo hace en un increíble alarde que demuestra que el tiempo no ha dejado huellas en su voz y su intención interpretativa.[9]

“Cuando Mario y yo empezamos nuestra propia orquesta –explicó Graciela- simplemente queríamos seguir trabajando. Recorrimos Italia y Alemania, donde permanecimos durante tres meses en Berlín.  Esto duró hasta que Mario murió en 1993. (…) Me gustaría hacer un nuevo disco, pero con big bands, cantando boleros y guarachas.  Eso es lo que yo hago, es lo que sé hacer.”[10]

Machito, Miguelito Valdés, Graciela y Mario Bauzá (de izquierda a derecha) en 1974.  Foto tomada de www.herencialatina.com

Al decir de Varela:  “Lo que define el arte de Graciela es su clara dicción, su excelente fraseo, la confianza en sí misma, su sentido de humor, su sentimiento y naturalidad, además de la capacidad de entregarse cuando interpreta una canción, ―es como si estuviera contando una historia.[11]

Busco el nombre de una cantante cubana de música popular que haya tenido un éxito tan prolongado en escenarios norteamericanos, que haya vivido tantos momentos cruciales en la historia de la música cubana en Estados Unidos, y no encuentro otro que no sea el de Graciela.

Graciela Pérez Grillo muere en el Cornell Medical Center de New York, la mañana del 7 de abril de 2010.

 

Agradecimientos a Jaime Jaramillo y Sergio Santana Archbold por su siempre amistosa colaboración y a los gestores-dueños de los links en Youtube que nos permiten escuchar a Graciela.

Notas

[1] Leonardo Acosta:  Un siglo de jazz en Cuba.  Ediciones Museo de la Música. La Habana, 2012.  Pag. 64.

[2] Graciela en entrevista concedida a Eloy Cepero para el fondo de la Universidad de Miami.  Agosto 2008.

[3] Alicia Castro, Ingrid Kummels y Manfred Schäfer:  Anacaona. The Amazing Adventures of Cuba’s First All-Girl Dance Band. Atlantic Book. Londres, 2002. Pp. 89-90.

[4] List or Manifest for Alien Passengers for The United States Emigration Officers at Port of Arrival.  El nombre y apellidos  Graciela son los que aparecen en este documento.

[5] La fecha la aporta Frank M. Figueroa en las notas al CD “Machito and his Afrocubans. Baila, baila, baila”. Harlequin HQCD-139.

[6] Cristóbal Díaz Ayala: Cuba canta y baila. Enciclopedia Discográfica de la Música Cubana.  Graciela.

[7] Jesse  Varela:  Graciela: La Primera  Dama del jazz latino. En “Latin Beat Magazine”. Septiembre de 2005. Consultado en versión reducida en español de Israel Sánchez Coll en  www.herencialatina.com

[8] Ibidem

[9] Nat Chediak:  Diccionario de Jazz Latino. Fundación Autor – SGAE. Madrid, España. Pp.103-104

[10] Jesse  Varela:  Graciela: La Primera  Dama del jazz latino. En “Latin Beat Magazine”. Septiembre de 2005. Consultado en versión reducida en español de Israel Sánchez Coll en  www.herencialatina.com

[11] Ibidem

5 comments on “Graciela vista desde el Trópico (quise decir desde Cuba)”

  1. Osmel Reyes Vaillant dice:

    Impresionante, apasionante y rotundo. Gracias Rosa nuevamente!

  2. Nestor Proveyer dice:

    Mil gracias Rosa por tus aportes al conocimiento de la musica cubana.Fijate si fue olvidada y obviada en Cuba que no aparece en la primera version del Diccionario Mujeres en la Musica.No se si han corregido tal omision.

  3. Richard Blondet dice:

    Hola Rosa,

    Gracias por recordar a Graciela a quien llegue a conocer y guardar amistad desde el 2002-2007 por medio de su asistente personal y representante durante los finales de su vida,”Mappy” Torres, quien tambien fallecio este pasado Abril del 2017. Puedo confirmar el amor de Graciela por el whisky. En su apartamento localized en el W. 73rd St, había una pequeña mesa entre sus dos ventanas en su sala de estar. Donde estaba disponible un surtido de tales marcas alcohólicas. Según Graciela, el que la visitaba estaba OBLIGADO/A tomar una copa para poder pasar el tiempo con ella.

    Hubo un momento Mappy intentó seguir la historia de Graciela por el bien de un libro y recuerdo estar presente para la primeroa sesion y aguantando la grabadora mientras Graciela respondió a nuestras preguntas. Uno de los recuerdos más íntimos que ella compartió que viene a la mente fue su relación romántica con un caballero nombrado Beverly Peer. Un Africano-Americano que era un bajista durante los años de los 1930 con la orquesta de Chick Webb. Había conocido a este hombre en la ciudad de Nueva York como miembro de Anacaona cuando las muchachas se presentaron en el Park Palace en la calle 110 en Harlem. De hecho, al entrar en su apartamento, justo al lado de su televisor, había una fotografía en blanco y negro de Graciela, sentada en una piedra de algún tipo en un parque o en una playa, y el señor Peer de pie junto a ella a la derecha. Según Graciela este hombre estaba enamorado de ella y quería que Graciela fuera su esposa y comenzara una familia. Pero Graciela declinó. Algo que dijo que terminaría haciendo más de una vez y de vez en cuando lamentaría. Abandonar la posibilidad de iniciar su propia familia por lealtad a la orquesta. “He sacrificado muchas cosas por esa orquesta.” El contexto en el que se hizo esa declaración fue relevante para Machito y los afro cubanos.

    Otro recuerdo que sobresalió fue su descripción de una aparición fantasmal de su madre, que se cierne sobre su cama, en 1984. Graciela y Machito no habían estado hablando antes de que Machito falleciera. Por lo que deduje, la animosidad provino de la fricción entre ella y Hilda Grillo, la esposa de Machito. Siempre la Cubana orgullosa, no tenía intención de rendirle homenaje en la funeraria donde se encontraba el velorio de Macho. Según Graciela, despertó en medio de la noche a su difunta madre que estaba delante de ella, instándola a ir a presentarle sus respetos. “¡Es tu hermano!” Graciela citó a su madre como expresándola. Graciela se comprometió y fue muy temprano a la funeraria para evitar tener que enfrentarse a Hilda o a cualquier otra persona atrapada en su pelea personal. Obviamente, estas y otras recolecciones de Gracie nunca llegaron a ser publicada.

    De nuevo, gracias por el articulo y por todo el trabajo que estás haciendo resucitando a estas figuras olvidadas de la era dorada de la Música Popular Cubana.

    Saludos,
    Richard Blondet

  4. Jaime Jaramillo dice:

    Rosa- Para aquellos que constantemente estamos perdiendo la memoria mas no el gusto por la musica cubana, este magnifico reportaje sobre Graciela, una de las mas grandes cantantes de la música caribeña y latinoamericana, nos sumerge en ese mundo maravilloso de la música cubana desde la década de los 30’s hasta los 90’s con las Anacaona y Machito y Mario Bauza en los mejores centros nocturnos como el Palladium, Park Plaza, La Conga y otros. Sus grabaciones fueron innumerables cubriendo toda clase de ritmos como rumbas, guarachas, mambos y boleros y su picarda en aquellos duetos de la Bochichera con Marcelino Guerra son inolvidables.
    Solo esperamos que continues tu labor titanica en pro de la música cubana para nuestro deleite.

    Jaime Jaramillo

  5. Rosa Marquetti Torres Rosa Marquetti Torres dice:

    Muchas gracias, querido Jaime, no sólo por tu opinión y comentario, sino también por la ayuda constante y entusiasta que das a este blog y a mí, en mis búsquedas, en lo personal. Tú eres de los imprescindibles aquí y me alegra mucho tu apreciación.

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