AFROCUBANO,  MUSICA CUBANA,  MÚSICA CUBANA EN ESPAÑA,  SON CUBANO,  TRADICIONAL CUBANA

Concha Espina, descubriendo el son en La Habana camino de Middlebury

La amistad de la notable escritora española con los soneros del Septeto Nacional surgió en los salones de la alta sociedad habanera

 

La Escuela de Español de Middlebury College, en Vermont, Estados Unidos invitó a Concha Espina (Santander, 15 de abril de 1869-Madrid, 19 de mayo de 1955) a exponer, en el verano de 1929, acerca de su notable obra narrativa ante el claustro profesoral y la comunidad estudiantil. Relevante escritora, poetisa y periodista española que compartía inquietudes espirituales y estéticas con la Generación del 98, María de la Concepción Jesusa Basilisa Rodríguez-Espina y García-Tagle, o sea, Concha Espina, era respetada por su remarcable obra periodística y literaria, sobre todo por sus novelas La niña de Luzmela (1909), La esfinge maragata (1914) y quizás la más conocida: Altar mayor (1926).

Concha Espina (foto tomada de REBAE)

Era ya una consagrada, con reconocimientos de enorme relevancia, que la singularizaban por encima de otras mujeres: la Hispanic Society de Nueva York le había conferido el título de miembro honorario en 1925; en 1927 recibe, por decisión de Alfonso XIII, la Orden de la Damas Nobles de María Luisa; gana el Premio Nacional de Literatura por esa novela, y lo más significativo: en 1927 estuvo a solo un voto de conquistar el Premio Nobel de Literatura, tras numerosas candidaturas y nominaciones [1], sin lograr el magno reconocimiento, al parecer, probablemente por su condición de mujer y el escaso apoyo de la Real Academia Española, que también había rechazado su ingreso en la institución en 1928 y luego haría lo mismo en 1941.[2] Era la primera escritora de habla hispana  en recibir la candidatura al Nobel, en 1926. Era toda una celebridad.

El rey Alfonso XII le pide que en este viaje a Cuba, Estados Unidos, Puerto Rico, Santo Domingo, lleve, en calidad de embajadora de la corona, un mensaje a los pueblos hispanohablantes y, al organizarlo, la escritora decide darle utilidad a la obligada escala de una semana que debía hacer el vapor Cristóbal Colón en La Habana, en travesía a Nueva York de camino a Vermont.

«Yo, que iba a Norteamérica, había querido detenerme en La Habana con el desinterés de las                   peregrinaciones gustosas. Un alto familiar, el propósito de conocer un hermoso pueblo de mi propio linaje, una cultura y un país que incitaban poderosamente la más noble curiosidad de mi corazón[3]

Lo trascendente de las experiencias vividas y la hondura de una mirada que ya entonces se debatía entre los dictados de su pertenencia clasista, una irrestricta religiosidad y un humanismo que podría tener sus orígenes precisamente en ésta, probablemente la motivaron a escribir una bitácora de viaje, un registro de navegante que, bajo el título Singladuras Viaje americano (Cuba, Nueva York, Nueva Inglaterra), publicó la editorial española Renacimiento en 1932.  Acompañada de su hija Josefina de la Serna –de su fallido matrimonio con Ramón de la Serna y Cueto-, Concha Espina embarca desde el puerto de su Santander natal el 29 de mayo de 1929, rumbo a las costas cubanas.

Singladuras, viaje americano.  Carátula de la primera edición.

Agenda habanera

En Cuba, con muchos días de antelación, el Diario de la Marina, voz de la poderosa colonia española y principal medio de prensa, anuncia la visita y recoge en sus páginas el eco de la obra de la notable escritora cántabra. La flor y nata de la sociedad y la intelectualidad habaneras, y en particular, de la colonia española en la capital, se prepara para recibir a la ilustre visitante.[4]

Tenues reclamos feministas se abrían paso en Cuba en favor del sufragio femenino, la demanda de mayor participación en la vida pública y la promoción de derechos laborales y sociales, como principales reclamos que surgían en voces de la élite social. Con más fuerza, entre la intelectualidad avanza el reconocimiento del incuestionable aporte de la población negra a la formación de la emergente nación caribeña, su nacionalidad y su cultura. El surgimiento y auge del son como género musical autóctono por excelencia, beneficiado por los avances tecnológicos –la llegada de la radio a Cuba en 1922 y el inicio de las grabaciones eléctricas en 1925- es otro de los procesos que caracteriza la década de los 20 en la Cuba que recibe a Espina.

En el Diario de la Marina, el 10 de junio de 1929, día en que Concha Espina llega a La Habana. Archivo de la autora.

Estas circunstancias, sumadas a la aguda sensibilidad de la novelista y poeta cántabra la situarán ante hechos inesperados, que ella misma valorará como los más importantes de su visita a Cuba, y en los que un grupo de músicos cubanos negros y mulatos serán protagonistas.

El Centro Montañés, que representa a la nutrida comunidad cántabra y sus descendientes en La Habana, es la primera institución en recibir y homenajear a la escritora, el día 10 de junio, el mismo día de su llegada. El empresario Julio Blanco Herrera, de ascendencia cántabra y camino de convertirse en gran magnate de la industria cervecera, la recibe en su fabulosa mansión, que la escritora elogia en su bitácora: “…un santanderino rival de los grandes enamorados del mundo, que hicieron para estuche de su joya preferida un monumento ejemplar.”[5]

Foto publicada en la revista Bohemia el 23 de junio de 1929, con el siguiente texto:  La notable escritora y novelista española, señora Concha Espina, rodeada de las personas que la acompañaron y agasajaron durante su visita a la Casa de Salud «La Covandonga» del Centro Asturiano.» Archivo de la autora.

Mujeres representantes de la alta sociedad habanera, agrupadas en la Alianza Nacional Femenina -una organización clasista con discretas acciones feministas- son las anfitrionas de Concha Espina, y le organizan un abultado programa.  Al día siguiente de su llegada, la escritora dicta una conferencia en los salones Centro Asturiano de La Habana, institución que se suma al tributo, en agradecimiento a la exaltación que Espina hace de Asturias en su novela Altar Mayor. Su conferencia es transmitida por la CMC, radioemisora de la Cuban Telephone Company y tendrá en su segmento musical a la Banda Municipal de Conciertos.  Las atenciones de la colonia asturiana hacia la escritora se reiteran cuando cumple la invitación a visitar el sanatorio Covadonga (hoy Hospital Salvador Allende) al servicio de la vasta colonia asturiana.

Mención a la Escuela de Español de Middlebury College en el Diario de la Marina, de Cuba, que continúa reflejando la presencia de Concha Espina en La Habana. Archivo de la autora.

En la tarde del 11 de junio su anfitrión es Fernando Ortiz, fundador y presidente de la Institución Hispanocubana de Cultura, quien presenta la charla literaria de Espina en el moderno Teatro Principal de la Comedia abarrotado principalmente por mujeres interesadas en el mensaje y las ideas de la escritora santanderina, que en aquel momento podían calificarse de avanzadas.

El 12 en la tarde, visita la casona montañesa, la sede social del Centro Montañés de La Habana.  Poco antes, acompañada por su presidente el señor Leopoldo Mijares, y por José Barquín, Presidente de la Beneficencia Montañesa, la escritora deposita en el Parque Central de La Habana, una ofrenda floral ante la estatua del héroe nacional cubano José Martí. Sus anfitrionas de la Alianza Nacional Femenina – María Montalvo de Soto-Navarro, su presidenta, y Leticia de Arriba, Marquesa de Tiedra-, son pródigas en atenciones, a las que se suman las directivas del Lyceum Femenino, encabezados por su presidenta, Berta Arocena -activista feminista, periodista y sufragista- con un champagne de honor y un gran almuerzo en el Havana Yacht Club al día siguiente.  El 14 de junio visita el sanatorio La Milagrosa de la Asociación de Católicos Cubanos, en la barriada de El Cerro. Espina recorre la ciudad, visita además la Universidad de La Habana y la Quinta de los Molinos. Recibe también el agasajo de otras instituciones y organizaciones como la Academia Nacional de Artes y Letras.

Concha Espina, por Don Galaor.  Artículo-entrevista publicado en la revista cubana Bohemia el 23 de junio de 1929.

Encuentro con el son…antes que Lorca. Impacto personal

El día 13 reservaba, sin dudas, emociones no calculadas por la escritora:  en el bisoño Lyceum Femenino –se había fundado en diciembre de 1928-, en su sede social de la calle Calzada 81, en El Vedado habanero, ocurrió un encuentro muy especial de Concha Espina con la música cubana. Según vaticina la víspera el Diario de la Marina el programa será así: “Mañana en el Lyceum. Una tarde de música. Música cubana por una orquesta que conducirá la experta batuta del maestro Moisés Simons. Cantará Carmen Burguette. Entre otros atractivos más.”[6]

El periódico habanero, en singular paradoja, ocultó con desdén en esa última frase lo que en aquel evento despertó el mayor interés en la escritora española, y que le haría escribir frases como ésta: “Nunca olvidaré mis impresiones de sorpresa y gozo artístico en el encanto de aquella tarde”.[7]

De todo lo visto y oído, fue su contacto con un sexteto de sones a lo que Espina concedió una importancia crucial, probablemente por lo que afirma Cristina Narbona en el prólogo a Singladuras, en su segunda edición en 2010: «Los ojos de Concha Espina muestran una especial sensibilidad hacia aquellos individuos y grupos injustamente marginados: los negros de Cuba y Estados Unidos, las mujeres de todas partes[8] Desde sus orígenes más populares, el son era ya la música de moda. El detenimiento con que la escritora se entregó a la experiencia encontró nítido reflejo en su bitácora de viaje, y dejó, a nivel histórico-musical, un testimonio documental de gran valía, dando fe de la inmersión del son a finales de la década de los 20 en los encumbrados salones de la que llama “sociedad elegante.”

La intelectual española llega a describir uno a uno los singulares instrumentos que le abrieron las puertas a un mundo multisensorial para ella desconocido hasta entonces:

«… había organizado un convite precioso, a base de la orquesta típica y la merienda cubana. Es decir: confituras de piña y caimito, de plátano y aguacate, de mango   y coco; bebidas de mamey y zapote; mermeladas, pasteles y helados de otros distintos frutos deliciosos del país. Y esta dulce consumición amenizada con la música del tres cubano, especie de guitarrillo con solo triple cuerda; la maraca, odre lleno de semillas bulliciosas; el clave de    caobo, macho y hembra, instrumento que marca el ritmo de las melodías; el  cornetín, la guitarra española y el bongó indio, tan inseparable de todo «festejo oscuro», tocado maravilla por el mejor bongonero [sic] de La Habana, Valentín   Gutiérrez, también gran bailador de rumba.»[9]

Juan de la Cruz y Agustín Gutiérrez «Manana» en los años 20. Archivo de la autora.

La huella humana, su primer contacto directo con hombres negros, cubanos, queda plasmada con emotividad en sus letras. Sin dudas, quien más le impresiona es Agustín (ella lo llama Valentín, confunde el nombre) Gutiérrez Brito, el legendario Manana, ya entonces con linaje de rumbero de ley y el más grande en el bongó. Era el encuentro de Concha Espina con el son cubano en su expresión más auténtica. Acaso sería ella quien aportó a la literatura una de las primeras referencias acerca del son como género musical, desde la perspectiva de su propia experiencia en Cuba, desde su condición de “espectadora admirativa”, como se calificó a sí misma aquella tarde en que no bailó, pero tampoco se contentó con ser una convidada de piedra: se acercó a los músicos, conversó, indagó en sus individualidades y reveló quiénes eran:

«Pronto inicié buenas amistades con Juan de la Cruz, el director de la banda que ellos denominaban pomposamente Septeto Nacional; con el bongonero [sic] y con Ignacito, maestro compositor de aquellas piezas musicales, transidas de un elemento virginal en sus mismas contaminaciones criollas y hasta europeas.»

Ignacio Piñeiro en los años 20.

Describió así al son como baile, destacando la singularidad y sensualidad que veía en él, y aportando la evidencia de su aceptación por la llamada “sociedad elegante”:

«Durante aquel inolvidable agasajo en el Lyceum Femenino, procuré observar especialmente el baile más característico de Cuba, dentro de los salones: el son, ejecutado por distinguidas parejas de la sociedad elegante. Es una danza muy rítmica, de moroso deleite, de semblante enamorado; muy graciosa picoteada por las damiselas con el moderno tacón a la ponleví. Se adivina que debe ser algo morbífico este baile desplegado a la sombra de un celaje vehemente y   azul, bajo el oscurecimiento de las miradas y la incitación de la noche, en este clima tropical.»

En aquella “contratación en fiesta de blancos”, los músicos del Septeto Nacional presentaron al legendario Juan de la Cruz, una de las grandes voces de la trova y el son tradicionales, como su director, pero no escapó a la atención de Espina la importancia de Ignacito, que no era otro que Ignacio Piñeiro, quien llegaría a ser el padre revolucionador del son llegado a La Habana desde las montañas del Oriente cubano, y uno de los grandes compositores de sones, rumbas y guarachas de todos los tiempos.

Cuando se encontraron en La Habana, Concha Espina recién había cumplido los 60 años; Juan de la Cruz tenía 42, Ignacio Piñeiro, 40, Manana, 30; y Lázaro Herrera El Pecoso, 25.[10]

Mensaje autográfo de Concha Espina al habanero Diario de la Marina

El mundo negro a través de los soneros

Conocer a los integrantes del Septeto Nacional provocó en la escritora reflexiones que trascendían lo estrictamente musical, al punto de destacar, dentro del capítulo referido a Cuba, lo que llamó El mundo negro, donde no se ruboriza al desnudar sus personales zonas de desconocimiento, sensibilidades abiertas y percepciones que hoy podrían parecernos esperpénticas en cuanto a un tema, un universo, un grupo humano al que se acercaba por primera vez no solo en literatura, sino en su vida misma:

«Nunca olvidaré mis impresiones de sorpresa y gozo artístico en el encanto de aquella tarde. Era la primera vez que me acercaba a la gente de color, y una curiosidad, entrañada del buen espíritu humano, me sacudía en la hora nueva. Estreché con rara emoción las manos de aquellos hombres, manos de palmas blanquecinas, como si su carne, áspera y dura, se ablandara en una claridad interior al contacto de la nuestra.  Y vi entonces las sonrisas más luminosas del mundo, un doble candor en los dientes nítidos, en la expresión infantil de una estirpe vieja y atrasada que viene a dar un aspecto muy joven, una apariencia de niñez remota y alegre, salvaje todavía, con la rusticidad propia de toda infancia.»[12]

Reflexiona aquí, con frases cortas y conceptos precisos, sobre el África, la esclavitud, las diferencias que notaba entre estos negros –en realidad, eran mulatos-  que conocía en Cuba y aquéllos de sus lecturas, sobre su aceptación y asimilación. Por las voces de los músicos del Septeto Nacional, la escritora santanderina hizo hablar a toda una comunidad, que ella percibía aún sumida en el misterio y la opresión, y que despiertan en ella la confesión de su mayor atención e interés, al tiempo que constata los géneros y ritmos que interpretaban los músicos en aquella fiesta:

«Sí; son hombres como nosotros, en cuanto a su derecho social y divino,  pensaba yo aquella tarde mientras ellos sostenían el interés artístico de la fiesta    con sus tocatas y canciones: guajiras, habaneras, danzas, bambucos de    Colombia, el clásico son de Cuba, el dramático y rítmico jazz.  Tolerada, no confundida con la gente blanca, esta gente negra, respetuosa, insinuante, muestra en su candidez oscura un trágico semblante de expectación. Yo sentía, con profunda ansiedad, que algo me tenían que decir, que allí mismo iban a revelarme alguna cosa rarísima y atroz.  No dijeron nada: sonreír, tocar y cantar. Todavía es pronto en su mundo. Están esperando. Cuando hablen, yo iré a oírles si estoy en la tierra

Y a continuación escribe la frase más firme y definitoria de aquel encuentro:  «porque ellos me interesaron como ninguna otra de las novedades que me esperaban en las Antillas...«.[13]

Feminismo y racialidad

En ese escrutinio, no escapó a la escritora cántabra la ostensible ausencia de mujeres negras y mulatas entre anfitrionas e invitadas al festejo del Lyceum, con una única excepción:

«Y entre tanta mujer linda, de cutis blanco, solo una prieta de color, socia de la casa, donde no me parece que recibía más que un tolerante acogimiento, una   aceptación fría y aun cubierta de hostilidad. Era Panchita Arce de D’Ou, señora  de notable inteligencia en lucha con la pigmentación de la piel que no puede  transmitir su oscuridad a los sentimientos

Era la esposa de Lino D’Ou, periodista mulato que había sido mambí con los grados de teniente-coronel del Ejército Libertador y representante a la Cámara y era en 1929 un activo intelectual presente en iniciativas de reconocimiento y en favor de la comunidad negra.

Tras pocos días de aguda observación en Cuba, y semanas después desde su experiencia norteamericana, Espina pudo concluír:

«Pensamos de modo fatal en las mujeres de Cuba, que no quieren pedir justicia   a los tiranuelos de su patria; que rehúsan lo que se les promete como un canje de favores: derechos merecidos, libertades que consideran impuras en tanto      que su país sufre la explotación ajena… Próximas en un continente dos naciones ¡y tan lejos en su íntima sensibilidad! Por egoísmo y ganancia quisiéramos hallarnos más distantes de las morenas del trópico que de las rubias del norte...».[14]

Rumbo a Middlebury… música y tragedia durante la travesía

Tras una semana de intensa actividad y agasajos, Concha Espina sale del puerto de La Habana rumbo a Nueva York, el 18 de junio de 1929, abordando de nuevo el vapor Cristóbal Colón. El sonido de instrumentos y voces que devolvían su recuerdo a la ciudad de la que recién había zarpado, le confirma la coincidencia:  en el barco viajan también los músicos del Septeto Nacional, que van rumbo a España, para participar en la Exposición Iberoamericana de Sevilla, hecho que, en su historicidad, representó la entrada del son cubano en la península ibérica. Según la lista de pasajeros del barco, eran “Juan F. González [conocido como Panchito Chevrolet], Bienvenido Chacón [en realidad, era Bienvenido León], Juan de la Cruz, Ignacio Piñeiro, José Jiménez [Cheo], Agustín Gutiérrez [Manana], Lázaro Herrera [El Pecoso].[15]

En su bitácora de viaje, la escritora relata los encuentros y las conversaciones durante la travesía con los soneros, a los que describe brevemente:

«Eran Ignacito Piñeiro, compositor y bailarín por excelencia, y Juan de la Cruz los que me sostenían el curioso palique sobre el rastel del barco. Terciaba un poco   Bienvenido León —el de las maracas—,y me referían mil cosas interesantes.[…]  Valentín [debe decir Agustín] Gutiérrez, el bongonero [sic], me pregunta si conozco a Josefina Baker, precursora del arte de color en el continente rubio. Y me habla también con vivo elogio de Paul Robeson, comediante negro ya célebre en Europa.»

Y subraya lo que a su juicio, es rasgo distintivo de sus interlocutores cubanos:

«Porque no estábamos frente al negro bozal, ni mucho menos, sino junto a cubanos de apellido español, cultos y finos, artistas y codiciosos. Me hablaron de sus planes, de sus contratos en España, donde se querían dar a           conocer, y les ofrecí una buena presentación para ese gran poeta marinero que se llama José del Río y que honra en nuestra capital santanderina a un acreditado periódico. Se pusieron muy alegres

La escritora alcanza a conversar con quien dice se llama Rosendo Pérez e identifica como el tresero del sexteto, pero debió confundir el nombre: en realidad, se trataba de José Cheo Jiménez, quien con apenas 18 años y una voz privilegiada, murió durante la travesía.  Su verdadero nombre y la edad aparece en la lista de pasajeros del barco en ese viaje y lo corrobora Ricardo R. Oropesa, historiador del Sexteto Nacional y biógrafo de Ignacio Piñeiro.[16] Así recordó Concha Espina a Cheo Jiménez:

«…me parecía el más silencioso; nunca se había embarcado más que en los contornos de su isla, y los altamares le subyugaban con una especie de atractivo dramático, una sugestión pávida que no le consentía levantar los ojos      de las olas. Más tarde supe que el viajero triste se había enfermado, repentinamente, al salir de Nueva York y había muerto a los tres días de ruta. De modo que fue sepultado allí en la misma zona del mar por donde navegábamos entonces bajo el plenilunio veraniego».[17]

José «Cheo» Jiménez (extremo derecho) en octubre de 1926 cuando integraba el Sexteto Enriso. Foto: Colección Gladys Palmera (sitio web)

La tragedia de Cheo Jiménez debió impactarla, a juzgar por sus reflexiones: «Imagino el espanto del pobre agonizante al sentir cómo la muerte le atraía hacia la enorme sepultura de las aguas, y veo su cara dolorosa, más ennegrecida por la oscuridad del presentimiento en aquella velada de junio,    cuando él no pudo hablar y solo acertó a sonreír trémulamente…«[18]

De sus conversaciones con ellos en la travesía hasta Nueva York, Concha Espina anticipa su percepción acerca de las expectativas de los músicos cubanos: «Creo que sentían el hálito frío de una terrible soledad al dirigirse al mundo blanco. Y la protección inmediata de todo un poeta en la linde desconocida les ilusionaba mucho. Propensos al gozo, con una simplicidad infantil llena de optimismo, se les desbordaba el placer de las nuevas amistades. Por eso es más triste que ninguna otra su tristeza y su desolación…«.[19]

Una carta de recomendación para el debut en España

La edición del viernes 5 de julio de 1929 del diario La Voz de Cantabria muestra un raro titular y un despliegue aún más extraño de un tema, cubriendo toda la primera plana de un medio impreso de carácter regional:  Música popular cubana.  Una extensa introducción se ocupa de resumir vínculos históricos y culturales entre Cuba, la región de Cantabria y su ciudad principal, Santander, para desembocar en el incuestionable impacto económico que la riqueza acumulada por los indianos a golpe de trata negrera, cañaverales y trapiches azucareros, trajo, en particular, a tierras cántabras: «Con todas esas cosas –cafetales, cañaverales y maniguas- se ha labrado nuestra riqueza. Palacetes de indianos, escuelas hospitales y hasta las vacas lecheras de muchos establos, son riqueza criolla. Riqueza criolla trasplantada a España, pero que recuerda su origen y que constituye el más firme lazo de   unión entre ambas tierras«.[20]

Todo esto para hablar de la llegada el 3 de julio de unos músicos cubanos que traían una carta de recomendación especial: era el Septeto Nacional de Cuba. Continúa el texto en La Voz de Cantabria: «El [buque] Cristóbal Colón nos trajo anteayer [3 de julio] una visita y una carta. La carta es de la admirada Concha Espina, y quienes nos la entregan unos artistas cubanos amigos de la insigne escritora.  Esta nos dice: «Los portadores de estas letras, artistas cubanos que van a Santander, me han honrado tocando y cantando para mí en La Habana, en una tarde de música que me dedicó el Liceyum [sic], de señoras. Ahora viajan conmigo en el Colón y yo quiero presentárselos a usted como amigos míos, aunque nada necesitan para que tengan una buena amistad en los días que permanezcan en mi pueblo.»

Los amigos de Concha Espina son desde el momento de su presentación amigos nuestros. Nos han hablado de su arte, de su patria y de sus proyectos. Vienen a España para llevar su arte criollo a la Exposición Iberoamericana de Sevilla. Forman un sexteto mixto, de voces y de música, e interpretan el Son, que es el aire nacional de Cuba. Los acaudilla Juan de la Cruz, un artista moreno, corpulento y simpático, artista intuitivo de un mérito extraordinario. Fueron tan gentiles, que nos brindaron un concierto que se celebró ayer [4 de julio] a las   siete de la tarde, en los locales de la Asociación de la Prensa. Y, a pesar del carácter íntimo y restringido que se dio al acto, acudieron varias familias  cubanas o que han tenido con Cuba lazos sentimentales o de negocios.”[21]

El Sexteto Nacional en Santanader, en la redacción del periódico La Voz de Cantabria. Foto publicada  el 5 d junio de 1929 en ese diario.

En su libro, Espina cumplimenta a su amigo periodista y apunta una destacable actuación de los músicos cubanos: “José del Río tuvo para mis enviados atenciones muy amables: página literaria,  noble y hermosa como suya, cariñoso parabién, hospedaje moral que les sirvió de estímulo para lucirse en una fiesta del Ateneo Montañés, y en seguida triunfar en Madrid, donde debutaron en el teatro Avenida con mucho éxito.”[22]

Fue la reseña que Espina dejó en su libro sobre el final de la travesía del Septeto Nacional hasta Santander. El Septeto Nacional hizo además otras dos actuaciones el 8 de julio en el Gran Cinema de Santander en dos tandas. A su regreso a España, Concha Espina no se desentendió de la suerte de sus amigos soneros en otros puntos de la Península Ibérica:

«Hubo para ellos una solemne verbena, organizada por el Centro de Hijos de Madrid, y un elegante festejo, en el cual les dio el embajador García Kohly buena cancha para sus habilidades y ocasión de recibir muchas felicitaciones, lo mismo que la bondadosa Marquesa de Argüelles, al recibirlos en su palacio   como a compatriotas distinguidos.[23]

El Sexteto Nacional con la bailarina Urbana Troche en Sevilla, en 1929.

Los músicos del Septeto Nacional, con la bailarina Urbana Troche, llevaron el son no solo a la Exposición Internacional de Sevilla, sino a otros puntos de la geografía española. Varias horas antes de subir al barco que los traería de vuelta a Cuba, actuaron en Santander el 1 de noviembre de ese convulso año 1929 ante los parroquianos de la ciudad que les dio la bienvenida en su primera incursión en la península ibérica.

Anuncio publicado en El Cantábrico, de Santander, sobre la última presentación del Septeto Nacional allí en 1929.

La insigne escritora santanderina concluyó así el reflejo de la huella indeleble que aquellos mulatos soneros dejaron en ella, que, en definitiva, es también la del son cubano en la primera representante de la intelectualidad española de la época, que se anticipó un año a la llegada de Federico García Lorca a Cuba y asu estremecedor contacto con el son:

«Yo había sido profeta al despedirme de los músicos habaneros en el muelle neoyorquino.—Les irá muy bien en España —les dije—; han de volver muy contentos. Sonreían, llenos de credulidad.[23]

 

© Rosa Marquetti Torres

NOTAS

[1] Algunas informaciones señalan que fue nominada nueve veces, y solo en tres ocasiones fue candidata finalista al Nobel. Otras fuentes indican que su nombre apareció 29 veces en las candidaturas.

[2] Tomado de la introducción a:  Espina, Concha:  Singladuras. Viaje americano. Ediciones Evohé. Madrid, España. 2012

[3] Espina, Concha:  Singladuras. Viaje americano. Ediciones Evohé. Madrid, España. 2012. Pag

[4] Concha Espina. En Diario de la Marina, 10 de junio de 1929. Pag.24.

[5] Espina, Concha: Singladuras. Viaje americano.  Ediciones Evohé. Madrid, España. 2012. Pag. 19.

[6] Habaneras. Concha Espina:  En Diario de la Marina. La Habana, Cuba. 12 de junio de 1929. Pag.11.

[7] Espina, Concha: Op. cit.

[8] Narbona, Cristina: Prólogo a Singladuras. Viaje americano. (2ª. edición) Editorial Evohé. Madrid, España. 2012.Pag. 5

[9] Espina, Concha: Singladuras. Viaje americano.  Ediciones Evohé. Madrid, España. 2012. Pag. 21.

[10] Edad consignada en la Lista de Pasajeros del vapor Cristóbal Colón, saliendo de La Habana a Nueva York el 19 de junio de 1929.

[11] Espina, Concha: Singladuras. Viaje americano.  Ediciones Evohé. Madrid, España. 2012. Pag. 22.

[12] Espina, Concha: Singladuras. Viaje americano.  Ediciones Evohé. Madrid, España. 2012. Pag. 23.

[13] Espina, Concha: Op. cit.

[14] List or Manifest of Alien Passengers for the United States Inmigration Officer at Port of Arrival. New York, 21 de junio de 1929.

[15] Para ampliar, véase: Oropesa, Ricardo R.: La Habana tiene su son.  Artex, La Habana, Cuba. 2012.

[16] Espina, Concha:  Op. cit. Pag. 39.

[17] Espina, Concha: Op. cit. Pag. 39.

[18] Espina, Concha: Op. cit. Pag. 40

[19] PICK: Música popular cubana. En La Voz de Cantabria. Santander, España. 5 de julio de 1929. Pag. 1.

[20] PICK: Música popular cubana. En La Voz de Cantabria. Santander, España. 5 de julio de 1929. Pag. 1.

[21] Espina, Concha: Op cit. Paag. 83.

[22] Espina, Concha: Op. cit. Pag. 41.

[23] María Josefa Argüelles Díaz, Marquesa de Argüelles, nacida en La Habana en 1869, era hija de un prominente indiano asturiano enriquecido en Cuba y poseía la Grandeza de España. En la década de los 20 fue una figura prominente en la alta sociedad española.

Alquízar, Cuba. Soy una apasionada de la historia de la música y los músicos cubanos, de la memoria histórica y de asegurar su presencia historiográfica en las redes. Me gusta la investigación. Trabajo además en temas de propiedad intelectual y derechos de autor. Escucho toda la música... y adoro....la buena. Desmemoriados... es la interaccción. Todos los artículos son de mi autoría, pero de ustedes depende que sean enriquecidos.

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